Ah, los grandes hombres; cuanto más cerca, más pequeños

En mis trabajos como periodista en el submundo de la economía, las finanzas y la empresa me he visto obligado a entrevistar a unos cuantos prohombres ―también a alguna que otra promujer, pero la inmensa mayoría de los prebostes son hombres, lo que de entrada ya resulta raro (solo una mujer, Elinor Ostrom, ha ganado el mal llamado Nobel de Economía desde que se instituyó, en 1969)―. Hablo de gentes habituadas a manejar ingentes cantidades de dinero y, lo que infunde más respeto, los destinos laborales de cientos o miles de individuos. No voy a negar que muchas de ellas me parecieron personas interesantes y más listas que yo, que ya es decir, pero en ninguna advertí los rasgos del genio o del ser superior que se deberían percibir en una sesuda conversación de media hora a una hora, más o menos. ¿Estaba yo alelado en ese momento decisivo? ¿Me había tomado algo que adormecía mis espabilados sentidos? ¿Cómo quieren que me acuerde?

Florentino Pérez, enaltecido en 2005 como “ser superior” por Emilio Butragueño cuando este era su subordinado.
Florentino Pérez | ⇒Un clic para acercar

Por puro empirismo, acabé abrazando la teoría de que los seres superiores no existen ―y eso que también hablé en su día con Florentino Pérez, el respetado constructor que hace una década fue catalogado como “ser superior” por su entonces subordinado en el Real Madrid Emilio Butragueño―. Lo único que existe es nuestra creencia de que existen y la propaganda de los poderosos para persuadirnos de que son poderosos porque se lo merecen, puesto que son seres superiores. Como dijo Stanislaw Lem en la crítica a Les Robinsonades, de Marcel Coscat (Ed. du Seuil, París), recogida en su libro de críticas de libros inexistentes Vacío perfecto:

Solo los seres tan lejanos que nos es imposible alcanzar pueden personificar para nosotros el ideal de todas las perfecciones y ser los más ardientemente deseados, soñados y añorados. Su encanto magnético se debe a su elevación por encima de la masa humana; es la distancia social infranqueable, y no las cualidades de su cuerpo y alma, lo que les confiere su aureola.

De modo que, en cuanto los conocemos personalmente, vemos “todo lo que hay en ellos de corriente, normal, humano e imperfecto, y comprobamos que no son unos seres celestiales y extraordinarios”. De esta guisa fue la impresión que se llevó Roald Dahl en su primer encuentro con un novelista famoso (C. S. Forester), como ya se recordó aquí: “Lo que más asombrado me dejó fue que su aspecto resultara tan corriente. No había nada insólito en su persona. Su rostro, su conversación, sus ojos tras las gafas, incluso su atuendo eran de lo más normales”. (Historias extraordinarias. Ed. Jonathan Cape).

La escritora, periodista y excelente entrevistadora Rosa Montero mencionaba hace poco el ensayo Las leyes del castillo (Ed. Península) de Carles Casajuana, “un diplomático de carrera que ha trabajado en La Moncloa y ha visto muy de cerca los engranajes del poder”. Casajuana, a su vez, transcribe una máxima de Adolfo Bioy Casares (Breve diccionario del argentino exquisito. Ed. Emecé):

El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez.

Volviendo a Montero, el diplomático catalán observa que

Los gobernantes, de media, no poseen un talento especial para gobernar. Poseen únicamente un talento especial para alcanzar el poder y conservarlo, que no es lo mismo.

Porque cualquier persona, sea más o menos poderosa, “tiende a pensar que, si ha sido elegida para el puesto, es que vale para ello”. Ya lo decía Chéjov en la frase que titulaba esta entrada de Cita a las Diez.

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