Sé siempre original. Nunca digas que has copiado

El plagio, por definición, está desprestigiado; su comisión desacredita al plagiario. El diccionario nos advierte de que la etimología del vocablo griego original (πλάγιος plágios) significa “trapacero, engañoso”, y el latino plagium, ya plagiador del heleno, nos remite a la “acción de robar esclavos” o de “vender como esclavos a personas libres”. El idioma español, heredero y por tanto biplagiador de los precedentes, lo define, incidiendo en su carácter engañoso, como la acción de “copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”.

Lo cual no tiene mayor importancia monetaria a partir de los ochenta o setenta años de la muerte del autor, cuando sus herederos pierden los derechos patrimoniales y la fe en la propiedad intelectual privada ―no así en la inmobiliaria o financiera―. Pero sí tiene trascendencia ética y moral. Por ambos motivos, ni se te ocurra repetir esta cita sin citar Cita a las Diez: tu supuesto prestigio morderá el polvo, se arrastrará por el fango y puede que reciba una querella.

Foto de 1921 del escritor argentino Jorge Luis Borges, autor de ‘Ficciones’.
Jorge Luis Borges | ⇒Un clic para ampliar

Podrás aducir que nada es original. En la ciencia, los currículos, la creación artística, allí donde haya un esbozo de una idea habrá algo que la inspiró. Siempre surgirá alguien que haya hecho lo mismo antes, o que lo hará después, y lo que es peor: mejor que tú. Como el Pierre Menard del Borges de Ficciones, que en el siglo XX escribió dos capítulos y un fragmento del Quijote idénticos, “palabra por palabra y línea por línea”, a los de Cervantes, pero con un estilo “más sutil e infinitamente más rico”, según el maestro argentino ―“más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza”―. O, para qué salir de Borges, a modo de homenaje podrás alegar, como cuando lo acusaron de plagiar a Giovanni Papini en El otro: “Leí a Papini y lo olvidé. Sin sospecharlo, obré del modo más sagaz; el olvido bien puede ser una forma profunda de la memoria”.

Pero es harto improbable encontrar a nadie que reconozca haber copiado, aun cuando se le pille con las intertextualidades (la inspiración, el homenaje) en la masa. Y las justificaciones de los plagiadores pillados in fraganti ―en especial las de los más renombrados― suelen ser tan burdas que nos asombra que no se percaten de su imbecilidad, de que más le valdría a su reputación admitir la copia y hasta enorgullecerse de ella. Si no lo hacen es porque, pese a todo, pese a Menard y Borges, lo que otorga prestigio es ser considerado original. Así que, en parte, rectifico:

Sé original. Di que has copiado

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