Frases aventureras

Todo lo que el hombre es capaz de escribir ha sido ya escrito. La literatura ha muerto

Al fin se ha descifrado un pequeño fragmento de un texto que intrigaba a los arqueólogos desde hace 95 años, cuando una enigmática tablilla de barro fue descubierta casualmente por un pastor ágrafo en un altozano de la isla griega de Delos. La tablilla contiene 47 signos de un idioma desconocido en 32 líneas incompletas.

En Cita a las Diez nos hemos apresurado a reproducir la frase, que acaba de publicar la web de la prestigiosa revista estadounidense Archanelogy, por tres motivos. Por un lado, para cumplir nuestro irrenunciable principio deontológico que nos obliga a titular con epigramas que no se han divulgado antes como una cita, es decir, que nos obliga a ser los primeros. En segundo lugar, por la importancia del descubrimiento, dada la antigüedad del misterioso matriarcado que la concibió (los expertos hablan de la primera civilización feminista conocida). Y, por supuesto, por la elocuencia del texto. Un texto pesimista, pese a que promete infinitas lecturas. Un texto que en sí mismo encierra múltiples lecturas. Aquí daremos cabida solo a tres, dada la urgencia que nos hemos impuesto para que nadie nos pise la exclusiva. Adelanto que la tercera puede resultar polémica en estos momentos, pues desmantela las argumentaciones lingüísticas que atacan el tradicional masculino genérico y promueven las duplicaciones con el femenino.

Es un texto esencialmente pesimista, pese a que promete infinitas lecturas

La historia moderna de la tablilla de Delos comienza con su descubrimiento en 1922, aunque muchos arqueólogos y eruditos de la época (todos hombres, hay que decirlo) desdeñaron el hallazgo, que calificaron de fraude porque los extraños signos que contenía, en palabras de uno de ellos, semejaban “garabatos”, “más propios de la inventiva de un pastor analfabeto que de una avanzada civilización prehelénica conocedora del tesoro de la escritura”. Sin embargo, con el paso del tiempo se ha impuesto la convicción de que se trata de una pieza original y valiosa en extremo, tanto por su exclusivo código y por la fecha de su elaboración, que los expertos datan alrededor del año 1500 a. C., como por el lugar donde se encontró, que ha resultado ser el epicentro de un yacimiento arqueológico único en su género.

Detalle de la tablilla de Delos, datada en torno al año 1500 a. C.
Detalle de la tablilla de Delos, datada en torno al año 1500 a. C.

Las excavaciones efectuadas en la zona del hallazgo han sacado a la luz vestigios de un colosal templo regido por sacerdotisas. El arqueólogo griego Georgios Papaioannou, que dirige la última campaña, iniciada hace 23 años, explica que, aunque solo se conoce una mínima parte del yacimiento, que abarca más de veinte hectáreas, se sabe que era un espacio vedado a los hombres donde se practicaba un culto en el que solo se adoraba a diosas, a tenor de las piezas escultóricas y los relieves hallados. La confirmación definitiva de la autenticidad de la tablilla del pastor tuvo lugar en 2006, cuando ocho de sus signos se encontraron en una gastada piedra del templo.

La traducción ha sido obra de la epigrafista romana Monica Marzotto, que trabaja en el departamento de Arqueología de la Universidad de Lovaina, donde se conserva una réplica de la pieza. “Llevo casi diez años estudiando estos signos, pero el esfuerzo ha merecido la pena. Creo que en dos o tres años más descifraré el resto de la tablilla”. Los arqueólogos están convencidos de que cuando profundicen lo suficiente localizarán la biblioteca del templo, con documentos escritos en la misma lengua.

Retrato del dramaturgo cartaginés Publio Terencio (194-159 a. C.).
Publio Terencio

Ahora vayamos a las tres lecturas que a bote pronto nos sugiere el polisémico aforismo de Delos. La más obvia pone de relieve los estragos que la invención de la escritura y los archivos causó entre los plagiarios, al poderse comprobar que textos que grababan como nuevos ya se habían grabado previamente en otras tablillas, como sin duda se apresuraron a poner de manifiesto los primitivos cazadores de plagios. De ahí a aducir en su defensa que todo estaba escrito solo había un paso. Ahora bien, aunque en su origen fuese una mera excusa, el magnetismo de la frase apunta en otra dirección. El dramaturgo cartaginés Publio Terencio (194-159 a. C.) nos da una pista cuando afirma: “Ya no se puede decir nada que no haya sido dicho antes de nosotros”. En efecto, Terencio, eso mismo, aunque con otras palabras (de acuerdo con las respectivas traducciones), fue escrito 1.300 años antes de que se te ocurriese a ti. O 3.500 años antes de que el barcelonés Eugeni d’Ors (1881-1954) anotase: “Todo lo que no es tradición es plagio”. Por tanto ―ahí está la gracia―, también tuvo que ser escrito antes de que se imprimiese en la tablilla de Delos. Quien por primera vez lo escribió ―o lo dijo―, ya lo plagió. Y si es cierto, como supusimos, que la primera vez que se dijo fue para justificar un plagio, obtendremos un bello epigrama circular: lo inventó un plagiario, y su invención, pese a ser original ―pese a que nunca se había expuesto antes―, era un plagio.

Lo inventó un plagiario. Quizá por eso, aun siendo original, era un plagio

La segunda parte de la cita de Delos, que se encarga de noquearnos con un directo de lógica (“la literatura ha muerto”) después de ofrecernos el paraíso de toda la literatura a nuestro alcance (“todo ha sido ya escrito”, luego podemos leer ahora todas las grandes obras), ha sido reiterada hasta la saciedad en los últimos decenios por un ejército de agoreros, con especial énfasis en la variante “la novela ha muerto”. Para no ser demasiado cargante, solo recitaré al británico Lars Iyer, quien postula que “ya solo es posible escribir el epílogo de la literatura” (del artículo Desnudo en la bañera, asomado al abismo, citado por Elisa Rodríguez Court en Revista de Letras, que se puede leer en la web de Enrique Vila-Matas):

“Año tras año vemos cómo se intentan hacer pasar como si fueran el último grito muestras de estilos muertos como el realismo, el modernismo, el nuevo periodismo o alguna variante lúdica del posmodernismo, todos ellos más retro que la peste. Es hora de que la literatura acepte su propia muerte, en vez de seguir jugando a las marionetas con su cadáver”.

Foto del escritor barcelonés Eugeni d’Ors (1881-1954).
Eugeni d’Ors

Nos podríamos preguntar entonces qué es lo que han hecho los escritores en todo este tiempo, incluidos los que han firmado ensayos sobre la proclamada defunción. ¿Tan desmemoriados o tan indulgentes son los lectores? Sin desmerecer la categoría de la frasecita, para mí está claro que la muerte de la literatura y de cualquiera de sus variantes es una ficción literaria. Pues si bien es cierto que estamos condenados a repetir lo que otras personas dijeron y escribieron o escribirán, la originalidad ―la autoría― radica en el estilo. Y el estilo habita en un contexto determinado, no solo histórico o temporal. Sintagmas idénticos reflejan estilos distintos si el contexto varía. Y el contexto siempre varía (aun siendo el mismo lector ante la misma obra).

La muerte de la literatura y de cualquiera de sus variantes es una ficción literaria

El tercer enfoque del epigrama de Delos, como he adelantado, es puramente lingüístico. Mucho se ha polemizado sobre la conveniencia o no de feminizar el idioma castellano, al que desde algunos sectores ―no solo feministas― se acusa de sexismo por la preponderancia del masculino al ser el género no marcado. Entre otras soluciones “inclusivas” se proponen el desdoblamiento y la manufacturación de sustantivos femeninos (desdoblamienta y génera, un suponer). La refutación de esta corriente, capitaneada por ilustres académicos de la lengua, incide en el principio sagrado de la economía del lenguaje y en la tradición lingüística indoeuropea (y machista, les responden).

¿Qué aporta la tablilla de Delos a la disputa? Continúa