Frases leídas en libros

Sería muy improbable que los casos improbables no ocurrieran

Hay muchas más personas de lo que parece que saben de números. Lo que pasa es que, como son muy inteligentes (para saber de números hay que serlo) y son conscientes de que su rara destreza está mal vista por los demás, para que no las llamen listillas suelen disimularlo y hacer como que no saben de números. Lo cual, si bien se mira, tampoco es tan difícil, ya que para eso no hay que ser un genio; lo difícil sería al revés, qué mal repartido está el mundo: los listos no necesitan serlo para aparentar que no lo son, y en cambio los que no son listos no pueden hacer como que son listos porque para eso sí que hay que ser listo, a no ser que tengan todo el tiempo la boca cerrada, lo cual es imposible si eres un ignorante.

“Habría que buscar una explicación si no existieran los sueños proféticos”

O sea, que los demás no vamos a descubrir que los numéricos están fingiendo, porque entonces no seríamos los demás, sino ellos. Por eso es muy difícil calcular con exactitud científica cuántos son los que saben de números. En cualquier caso, yo creo que está sobradamente demostrado que los anuméricos somos muchísimos más que los numéricos, infinitamente más; si fuera al revés ellos se habrían dado cuenta y no disimularían, pues harían sus números y descubrirían que son mayoría, y que podrían ser ellos los que se burlaran de los anuméricos sin mayores problemas.

John Allen Paulos (1945), autor de ‘El hombre anumérico’.
John Allen Paulos

No quiero decir que el matemático y escritor estadounidense John Allen Paulos (1945), autor del título de esta entrada, sea un listillo por el mero hecho de ser matemático y, por tanto, numérico. Pero sí pienso que trata de camuflar su numeriquez con afirmaciones rotundas que ―aun admitiendo que mis conocimientos al respecto no son muy allá― prueban sin lugar a dudas que, o bien no sabe nada de matemáticas ―lo cual, obviamente, no es cierto, pues, como dije, es matemático―, o hace como que no sabe para congraciarse con los géneros humanos. Si no se lo creen, miren qué otras breves perlas paradójicas y oximorónicas suelta en El hombre anumérico. El analfabetismo matemático y sus consecuencias (1990, traducción de Josep M. Llosa):

Habría que buscar una explicación en el caso de que no existieran los sueños proféticos.

Los sucesos raros son completamente predecibles.

Sería un milagro que no hubiera «curas milagrosas».

Y esta otra, mi favorita:

Después de una larga serie de cruces no es más probable que salga cara.

¡JA! Ahí te pasaste, macho. Valga que le lleves la contraria al mismísimo Sigmund Freud y a todos los que como él pensamos ―incluidos los mejores policías y detectives del orbe literario― que las coincidencias no existen, y que asegures sin pestañear que no solo existen, sino que “son mucho más frecuentes de lo que la gente cree”. Bueno, como boutade epatante no está mal. Conseguiste llamar mi atención. Pero asegurar que “después de una larga serie de cruces no es más probable que salga cara” es pasarse varios pueblos. John Allen Paulos, que seguramente se dio cuenta de la tontería que había escrito, trata luego de justificarla con un poco de jerga diciendo que eso se llama “sofisma del jugador”, que también sirve para la ruleta y los dados. Y pone este delirante ejemplo:

“Las coincidencias son mucho más frecuentes de lo que la gente cree”

Portada de ‘El hombre anumérico’ (1990), de John Allen Paulos, en Tusquets.

Si ha salido cara 519 veces y cruz 481, es tan probable que la diferencia entre caras y cruces aumente como que disminuya. Y esto es cierto a pesar de que la proporción de caras tienda a 1/2 a medida que aumenta el número de tiradas. (No hay que confundir el sofisma del jugador con otro fenómeno, la regresión a la media, que sí se cumple. Si tiramos la moneda otras mil veces es más probable que el número de caras de la segunda tanda de mil tiradas sea menor de 519 que lo contrario). […] En términos relativos, las monedas se comportan bien: el cociente entre el número de caras y el de cruces de una sucesión de tiradas tiende a 1 a medida que aumenta el número de estas. En cambio, se comportan mal en términos de cantidades absolutas: la diferencia entre el número de caras y el de cruces tiende a aumentar cuantas más veces tiramos la moneda al aire, y los cambios en el liderato, de caras a cruces o viceversa, tienden a hacerse cada vez más raros.

¿Entienden algo? No sé si lo entiende el propio Paulos, que intenta solventar ese berenjenal de contradicciones con otro epigrama paradójico:

Los sucesos aleatorios pueden presentar una apariencia completamente ordenada.

¿Qué sentido tiene entonces la literatura, aparte de poner un poco de orden en el caos azaroso e impredecible de nuestras vidas? ¿A cuento de qué nos estamos atiborrando de series?

Si el azar estuviese ordenado, ¿qué sentido tendría la literatura?

Pero hay más “ideas contrarias a la intuición” en El hombre anumérico. En alguna de ellas, el matemático de Denver toma como rehén la literatura de Shakespeare para azuzar nuestro asombro.

Supongamos que el relato de Shakespeare es exacto y que César dijo «Tú también, Bruto» antes de expirar. ¿Cuál es la probabilidad de que hayas inhalado por lo menos una de las moléculas que exhaló César en su último suspiro? La respuesta es sorprendentemente alta: más del 99 por ciento.

A continuación, como siempre, ofrece unas misteriosas “explicaciones” que “prueban” la barbaridad ―y que como comprenderán no voy a transcribir, no quiero perder más lectores―. Siguiendo con Shakespeare, en cambio, menos improbable resulta su análisis del mono que mecanografía Hamlet:

La probabilidad de que esto ocurriera sería de (1/35)N, donde N es el número de símbolos del Hamlet, unos 200.000 más o menos, y 35 es el número de teclas de una máquina de escribir, entre letras, signos de puntuación y espacios en blanco. A efectos prácticos, el valor es infinitesimal-cero. […] Lo único que demuestra claramente es que los monos rara vez son capaces de escribir grandes obras literarias. Y si quieren hacerlo, les sale más a cuenta evolucionar hasta un estadio en el que tengan más probabilidades de escribir Hamlet que intentar que les salga por casualidad.

“Los monos rara vez son capaces de escribir grandes obras literarias”

Pero cuando Paulos intenta sorprendernos con las probabilidades que atañen a asuntos más prosaicos, vuelve a desbarrar. Veamos estas tres frases, a cual más inverosímil: Continúa

La independencia intelectual depende de cosas materiales

Me agrada que la independencia dependa de algo. Si bien se piensa, siempre es así. ¿Hay alguna clase de independencia ―vital, personal, grupal, política, económica― que no dependa de nada? La palabra independencia es un oxímoron.

Virginia Woolf (1882-1941), que al parecer no sufrió problemas materiales, meditó sobre la creación literaria en varios ensayos. Una de sus conclusiones, expuesta en Un cuarto propio ―doy por hecho que no pensaba en sí misma―, es que hay una relación directa entre los buenos libros y el desahogo económico del autor. En apoyo de su tesis cita al británico Arthur Quiller-Couch (1863-1944), novelista y crítico literario que publicó un estudio monumental sobre la poesía inglesa desde 1250 hasta 1918.

Hay relación directa entre los buenos libros y el desahogo económico del autor

¿Cuáles son los grandes nombres poéticos de los últimos cien años? Coleridge, Wordsworth, Byron, Shelley, Landor, Keats, Tennyson, Browning, Arnold, Morris, Rossetti, Swinburne ―podemos detenernos ahí―. Todos ellos, salvo Keats, Browning y Rossetti, fueron universitarios; y de esos tres, Keats, que murió joven, segado en la flor de la edad, era el único que no disfrutaba de una posición bastante acomodada. Suena brutal, y en efecto es triste decirlo: pero la teoría de que el genio poético sopla donde quiere, parejamente en ricos y pobres, tiene muy poco de verdad. […] Créanme ―y he dedicado buena parte de diez años a vigilar unas trescientas veinte escuelas elementales―, hablamos mucho de nuestra democracia, pero, en el día de hoy, un chico pobre en Inglaterra no tiene más posibilidad de alcanzar esa emancipación intelectual de la que nacen los grandes libros que la que podía tener el hijo de un esclavo ateniense.

“El día de hoy” era hace un siglo en el Reino Unido, pero tal vez no haya grandes diferencias con nuestra actualidad local.

“Aprovechando todas las libertades y licencias del novelista”, Woolf pone sus reflexiones en boca de una alter ego de apellido incierto (Mary Beton, o Seton, o Carmichael), que se ganaba malamente la vida a comienzos del pasado siglo “pescando tareas raras en los diarios, haciendo la crónica de una exposición de burros por aquí, de una boda por allá; dirigiendo sobres, leyendo en voz alta a señoras viejas, haciendo flores artificiales, enseñando el abecedario a chiquilines en un jardín de infantes”. Los típicos empleos precarios y en negro, vamos. Poco tiempo después de esta etapa, que estuvo cerca de aniquilar su talento literario, Mary la recuerda con angustia:

Portada de ‘Un cuarto propio’, de Virginia Woolf, en Alianza Editorial.

Lo que aún sigue atormentándome es el veneno de amargura y temor que engendraron aquellos días. El hecho inicial de estar continuamente haciendo algo que a uno no le gusta y de hacerlo como un esclavo, con acompañamiento de lisonjas y adulaciones, quizá no imprescindibles, pero a mí me lo parecían y no quería correr ningún riesgo; y el pensamiento de aquel don solitario cuya ocultación comporta la muerte ―un don pequeño pero caro a su poseedor―, pereciendo mi alma con él; todo eso era como una herrumbre devorando la frescura de la primavera, destruyendo el corazón del árbol.

La narradora tuvo un golpe de suerte. Una caída de caballo mató en Bombay un día de 1918 a una tía suya, que le dejó una herencia de quinientas libras al año de por vida. Para que nos hagamos una idea, esa cifra podría compararse con unos 50.000 euros de hoy; lo suficiente, en todo caso, para vivir holgadamente, con independencia económica. Años más tarde, escribe:

Es notable la transformación que una renta fija opera en el carácter de las personas. No hay fuerza humana que me pueda arrancar mis 500 libras. Alojamiento, ropa y comida son míos para siempre. No solo cesan la labor y el esfuerzo, sino la amargura y el odio, que se van atenuando en lástima y tolerancia; y, después de uno o dos años, la lástima y la tolerancia se fueron, y llegó el alivio más grande, que es la libertad de pensar en las cosas en sí. Por ejemplo, ¿me gusta o no me gusta aquel edificio? ¿Es lindo o no aquel cuadro? ¿Ese libro es bueno o es malo? Lo cierto es que la herencia de mi tía me ha despejado el cielo.

“Son los genios literarios los que más se preocupan de lo que se dice de ellos”

Cuando dejó atrás sus penurias monetarias, la escritora de ficción tuvo el tiempo necesario para abordar otros aspectos de la escritura. Uno de ellos, que dedujo a partir de biografías y libros de memorias, es la dificultad que comporta la creación de grandes obras:

Escribir una obra de genio es casi siempre una proeza de prodigiosa dificultad. Todo contradice la posibilidad de que nazca completa en la mente del escritor. Generalmente las circunstancias materiales están en contra. Los perros ladran; la gente interrumpe; hay que hacer dinero; la salud se quebranta. Además, acentuando todas esas dificultades y haciéndolas más insoportables, está la indiferencia notoria del mundo.

Imagen de Virginia Woolf (1882-1941), autora de ‘Un cuarto propio’.
Virginia Woolf

Sostiene la autora a través de Mary Beton que, aunque la gente piense que el genio, por el hecho de serlo, despreciará el desdén y las críticas, y que “debe estar muy por encima de lo que digan de él”, en realidad ocurre lo contrario. “Por desgracia, son precisamente los hombres y las mujeres de genio” ―y Woolf hablaba con conocimiento de causa― “los que más se preocupan de lo que se dice de ellos”. La prueba es que Continúa

Esos periodistas solo escuchaban una voz, la de su amo. Y con frecuencia no podía decirse que lo hicieran por dinero. Entonces… ¿por qué? Solo cabía una respuesta: porque tenían alma de siervo

Y eso no es lo peor. Parafraseando al plumilla y escritor británico Thomas de Quincey (1785-1859), si un periodista escribe falsedades porque supone que eso es lo que quieren sus amos, poco después pensará que la manipulación de noticias no tiene importancia y, por tanto, no hay que disimularla, y de la manipulación pasa a descuidar el rigor y el contraste de la información, y de aquí pasa a no revisar sus textos y a incurrir en abundantes faltas de ortografía.

Sí, se empieza publicando mentiras y se acaba cometiendo faltas de ortografía. Siguiendo esta infalible regla, basta con ver el nivel, no ya sintáctico o gramatical, sino meramente ortográfico, de los medios españoles para deducir el volumen de la manipulación informativa que se gastan.

Foto del escritor italiano Andrea Camilleri, autor de la serie de novelas del comisario Montalbano.
Andrea Camilleri

El comisario Montalbano, creado por el novelista y guionista italiano Andrea Camilleri (1925), no se refiere a informadores españoles en la cita que encabeza esta entrada, sino a los de su tierra; pero no nos rasguemos las vestiduras y recordemos que otro periodista ya citado aquí, el británico George Orwell (1903-1950) ―que vivió entre 1936 y 1937 en Cataluña―, escribió que en España vio “por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente”.

En concreto, Salvo Montalbano (1950) alude a una calaña de redactores que ejemplifica en el “cara de culo de gallina” Ragonese, una especie de Eduardo Inda pero con más clase. La frase está en Una voz en la noche, publicada en Italia en 2012 y en 2016 en España, con traducción de Carlos Mayor Ortega. (Eso sí, el capítulo equivalente de la serie televisiva protagonizada por Luca Zingaretti, que no está nada mal, se pudo ver aquí antes que el libro, lo que fastidia un poco la lectura). Sin contar las cuatro colecciones de relatos que la preceden, es la vigésimo primera novela de la magnífica serie del policía siciliano, uno de mis predilectos.

¿Por qué me fascinan tanto las novelas de Montalbano? Creo que no hay una razón específica, sino una amalgama de elementos unidos por la clara inteligencia y el estilo transparente de Camilleri. Intentaré acotar algunos de estos factores.

Montalbano ejerce en Vigàta, pueblo imaginario de Sicilia en el que emiten dos televisiones locales: ReteLibera, cuyo telediario está a cargo de su amigo Nicolò Zito, y TeleVigàta, dirigida por el aludido Pippo Ragonese (“el comentarista, el opinador de una sola opinión: estar siempre de parte de quien manda”). El comisario llegó a la conclusión de que muchos redactores tenían alma de siervo después de que Ragonese divulgase por su emisora una información falsa sobre un caso criminal sin molestarse en preguntar cuál era la versión policial. Al oírlo, se preguntó: “¿Por qué recurrirían a esas triquiñuelas los individuos como Ragonese y tantos otros de su misma calaña, más importantes, que escribían en los periódicos nacionales y salían en las televisiones más vistas? Un periodista serio lo habría llamado para conocer su opinión y, después de oír las dos versiones de los hechos, habría sacado sus conclusiones. Sin embargo, los periodistas como Ragonese solo escuchaban una voz, la de su amo”. Más adelante desarrolla la idea por una vertiente aún más descarnada y deprimente en una charla con Zito.

A diferencia de otros policías literarios, Montalbano evoluciona y envejece

Las reflexiones sobre la actualidad impregnan las novelas de Montalbano, que, a diferencia de otros policías literarios, evoluciona y envejece con el paso del tiempo (lo conocemos en La forma del agua con 43 años, y en Una voz en la noche cumple 58).

¡Virgen santa! ¡Apenas le quedaban dos años para ser un sesentón! A partir de aquel momento, no subiría en ningún tipo de transporte público, por miedo a que algún crío, al verlo, se levantara y le cediera el asiento. Luego recapacitó: podía seguir yendo en transporte público tranquilamente, porque lo de ceder el asiento a los ancianos era una costumbre que ya no se estilaba.

Por eso es normal que Camilleri cuele opiniones sobre un asunto, la degradación del periodismo y los medios tradicionales, que se ha puesto de manifiesto en los últimos años. O sobre retrocesos en materia de civismo, como cuando el conductor de un BMW adelanta temerariamente una hilera de vehículos en la que está atascado el de Montalbano.

El comisario formuló el deseo de que se despeñara por un barranco. Y, para ir sobre seguro, deseó también que luego el coche se incendiara. Pero… ¿cómo había acabado así el país? En los últimos años parecía que habían retrocedido varios siglos; quizá, si le quitaba la ropa a aquel individuo, debajo se encontraría la piel de oveja de los hombres primitivos. ¿Por qué tanta intolerancia mutua? ¿A santo de qué ya nadie soportaba al vecino ni al compañero de trabajo, y quizá tampoco al de pupitre?

O sobre los votantes y los partidos que eligen políticos corruptos a sabiendas: Continúa

Si una comida se llama igual en todos los idiomas, no es comida

Piensa en Big Mac, Cheetos o Pringles, nos ilustra el sabio Michael Pollan en Saber comer. Aunque la frase del encabezado no es del todo cierta. Para retirarle el honorable título de comida, yo matizaría que, además de llamarse igual en todos los idiomas, se debe escribir con alguna mayúscula (pensemos en la modesta pero internacional grafía de gazpacho o paella). Y eso de que lo que no es comida tiene el mismo nombre en todas las lenguas ―ya con mayúsculas― tampoco es exacto, como le explica Vincent (John Travolta) a Jules (Samuel L. Jackson) en Pulp Fiction (1994), la película escrita y dirigida por Quentin Tarantino.

Vincent: ¿Sabes lo más curioso de Europa?
Jules: ¿Qué?
Vincent: Pequeñas diferencias. También ellos tienen la misma mierda que aquí, pero… hay algunas diferencias.
Jules: ¿Por ejemplo?
Vincent: Pues puedes meterte en cualquier cine de Ámsterdam y tomarte una cerveza. Y no hablo de una cerveza en un vaso de papel, hablo de una jarra de cerveza. Y en París puedes pedir cerveza en el McDonald’s. ¿Y sabes cómo llaman al cuarto de libra con queso en París?
Jules: ¿No lo llaman cuarto de libra con queso?
Vincent: Utilizan el sistema métrico, no sabrían qué coño es un cuarto de libra.
Jules: ¿Pues cómo lo llaman?
Vincent: Lo llaman una Royale con queso.
Jules: Royale con queso.
Vincent: Sí, así es.
Jules: ¿Y cómo llaman al Big Mac?
Vincent: Un Big Mac es un Big Mac, pero lo llaman Le Big Mac.

Por lo demás, creo que la cita es inobjetable.

O no, porque si algo tiene la comida es una fabulosa cantidad de expertos dispuestos a discutir acaloradamente. Parafraseando a Luis Magrinyà, será porque todos comemos.

Michael Pollan, periodista neoyorquino autor de ‘Saber comer’ / Foto de Ken Light.
Michael Pollan / Foto de Ken Light | ⇒Un clic para ampliar

El neoyorquino Michael Pollan (1955) es periodista, pero seguramente sabe más de alimentación que cualquiera de nosotros, que tanto sabemos sobre calorías, omega-3 o grasas saturadas. Sin mencionar a embaucadores profesionales de las dietas, nutricionistas fatuos y vendidas asociaciones médico-científicas (de pediatras, por ejemplo). Esto es lo que opina sobre la “ciencia de la nutrición”.

La ciencia de la nutrición, que a fin de cuentas solo tiene doscientos años de historia, en la actualidad es más o menos lo que era la cirugía allá por 1650: una especialidad muy prometedora y en la que se estaban realizando avances muy interesantes, pero ¿estaríamos dispuestos a dejarnos operar? Creo que yo esperaría unos cuantos años más.

Los seres humanos habían comido bien y se habían mantenido sanos durante milenios antes de que llegara la ciencia de la nutrición para decirnos cómo comer; alimentarse de una forma saludable sin tener ni idea de lo que es un antioxidante es perfectamente posible.

Después de trabajar durante dos años en la documentación de su libro de 2008 El detective en el supermercado (que para mí supuso una revelación, una especie de caída del caballo o de caída en la marmita), Pollan se dio cuenta de que “la respuesta a esa pregunta que se suponía tan increíblemente complicada ―¿qué hay que comer?― no lo era ni muchísimo menos. De hecho, se podría condensar en tan solo siete palabras: Come comida. Con moderación. Sobre todo vegetales”.

“La ciencia de la nutrición es hoy lo que era la cirugía allá por 1650”

En su investigación, el periodista no solo comprobó lo mucho que se ignora en el ámbito científico sobre alimentación y nutrición; también descubrió que hay dos certezas que nadie discute. Una es que la dieta occidental origina “siempre” altos índices de dolencias cardiovasculares, cáncer, obesidad y diabetes tipo 2. La otra es que las poblaciones que siguen una dieta tradicional no suelen padecer tanto estas afecciones crónicas.

Y resulta que hay “una gama extraordinariamente variada” de dietas tradicionales (basadas en lípidos, como la de los inuit; o en proteínas, como la de los masáis; o en hidratos de carbono, como la de los indígenas de América Central), y ninguna enferma a sus poblaciones como la dieta occidental que ha exportado Estados Unidos al resto del mundo (“consistente en muchísimos alimentos procesados y muchísima carne, muchísimos azúcares y grasas añadidos, muchísimos cereales refinados, muchísimo de absolutamente todo menos verdura, fruta y cereales integrales”).

¿No es un logro fuera de lo común para una civilización? ¡Hemos creado la única dieta que consigue enfermar a la gente!

Pero hay esperanza. “Quienes han conseguido apartarse de la dieta occidental han experimentado una mejora espectacular en su salud. Disponemos de estudios fiables que parecen indicar que los efectos de la dieta occidental pueden revertirse, y con relativa rapidez”.

Portada de ‘Saber comer’, del periodista neoyorquino Michael Pollan (Debate, 2014).

En Saber comer, que se publicó en 2009 en Estados Unidos y en 2012 en España, Michael Pollan concentra sus conocimientos en 64 recetas “para comer bien y disfrutar”. Hay consejos de sentido común y consejos que parecen contradecir el sentido común, pero que en realidad lo que desmienten son las falacias difundidas por las grandes empresas alimentarias. A su juicio, la mayoría de los productos que vende esta poderosa industria no merece que se les llame alimentos. Él los denomina “sustancias comestibles con aspecto alimenticio”. “Se trata de mejunjes muy procesados que han sido diseñados por los científicos, y consisten básicamente en derivados del maíz y la soja que ninguna persona normal tendría en la despensa”. Por no hablar de los “aditivos químicos que el cuerpo humano conoce desde hace muy poco tiempo”.

Voy a reproducir cuatro reglas paradójicas y, a continuación, tras una brevísima pausa para meditar sobre ellas, las explicaciones pertinentes.

Evita productos que afirmen ser saludables.

Evita productos con ganchos como «light», «desnatado» o «bajo en grasa» en su nombre.

Evita alimentos que veas anunciados en televisión.

Hínchate de comida basura si quieres, siempre que la hayas cocinado tú.

Aquí viene la brevísima pausa meditativa. Continúa

A veces se encuentran planetas, y sobre esos planetas existen razas muy distintas en apariencia y color pero con una característica común: el odio por todo lo que es diferente

El odio, espléndido tema, sin duda, pero donde esté el amor… ¡Ah!, el amor. En un artículo dedicado al maestro del relato corto Robert Sheckley (1928-2005), sarcástico creador de mundos alucinantes, de historias asombrosas y de seres extraordinarios, puede parecer sorprendente que el tema de fondo sea el amor. Que nosotros sepamos, nunca antes se había hecho tal cosa con el autor neoyorquino. Quizá porque comenzó a escribir, a mediados del siglo XX, en revistas de ciencia ficción, no en revistas románticas ni nada por el estilo, y en aquella época los géneros literarios y las publicaciones especializadas eran muy estrictas y no se mezclaban. Y ahí se quedó, encasillado. Pero, ¿por qué no? Al fin y al cabo, Sheckley se casó cinco veces (una de ellas en Ibiza, donde vivió en los años setenta), así que algo sabría del asunto, como se puede apreciar en esta sabia cita del cuento La voz:

Hacía apenas un par de segundos había descubierto que estaba enamorado de ella. Bien, tenía que decírselo. La noche sería inolvidable. Él se declararía, habría besos; el sello de aceptación, hablando en sentido figurado, quedaría estampado en su frente. Sin embargo, la perspectiva no era muy grata. Era mucho más cómodo no estar enamorado.

Sheckley firmó una docena de relatos que hablan del amor. A su modo, claro

Foto de Robert Sheckley (1928-2005), autor de ‘Peregrinación a la Tierra’.
Robert Sheckley

Robert Sheckley firmó al menos una docena de relatos que giran en torno al amor. A su modo, claro, con humor, con una imaginación desbordada y con unos personajes que de tan ingenuos a veces parecen tontos. O, simplemente, enamorados. En realidad, el neoyorquino no escribió historias puramente románticas, sino que las introdujo en tramas habituales de la ciencia ficción. En El movimiento se demuestra andando, por ejemplo, aborda el tópico del último hombre vivo sobre la Tierra, que un buen día se encuentra… con una mujer. No voy a contar aquí si ella es real o no, y si a él eso acaba importándole muy poco o nada. Otro maravilloso relato, Un ladrón en el tiempo, narra las peripecias de un científico que se ve forzado a viajar al futuro arriesgando su vida sin saber por qué, un porqué que, sin llegar a destriparlo, puedo decir que tiene nombre de mujer. La Tierra devastada es el escenario de La trampa humana, donde “cincuenta hombres afortunados, elegidos por sorteo público entre cincuenta millones de inscritos”, compiten en una peligrosa carrera (con una media de mortalidad del 68,9 por ciento) para ganar un acre de terreno. El protagonista, padre y casado, recibe la valiosa ayuda de Llama, una hermosa bandolera que se enamora de él y que…

De los míticos pioneros espaciales, que por diversos motivos se mudan a planetas lejanos y deshabitados para colonizarlos en solitario, tratan Problemas con los nativos y La carga del hombre humano. En ambos relatos llega un momento en que sus protagonistas masculinos no pueden dejar de pensar en mujeres ―Robert Sheckley, discreto como es, no da más detalles― . El primero se resuelve con una trama deliciosa que mezcla el amor con los prejuicios de las razas civilizadas frente a los primitivos. Edward Flaswell, protagonista del segundo, cuenta con la valiosa ayuda de unos robots comandados por el astuto y sentencioso Gunga-Sam. En una ocasión, acosado por la tristeza, Flaswell le dice a su capataz:

―A veces os envidio a los robots. Siempre riendo, despreocupados, felices…
―Es porque no tenemos alma.

Más adelante, Gunga-Sam le refiere a su amo un viejo proverbio robot.

―La mente del hombre humano es sombría y oscura, pero es un cristal comparada con la mente de la mujer humana.

Prejuicios robóticos, sin duda. Cuando Edward Flaswell, para alarma y escándalo de sus melindrosos robots agrícolas, empieza a dejarse barba, a hablar solo por los campos y a beber en exceso por la noche, recibe, junto con un suministro de víveres, un flamante catálogo de la empresa Roebuck-Ward que reza:

¡ENCARGUE UNA ESPOSA POR CORREO!

Pioneros, ¿por qué sufrir solos la maldición de la soledad? ¿Por qué soportar solos la carga del hombre humano? Roebuck-Ward les ofrece ahora, por vez primera, una limitada selección de Esposas Modelo Frontera.

El modelo frontera Roebuck-Ward se presenta en tres tamaños generales (ver medidas más adelante) que cubren los gustos de cualquier hombre. Una vez recibida su petición, Roebuck-Ward le congelará el modelo deseado y se lo enviará en un carguero de tercera, con lo que los gastos de transporte quedarán reducidos al mínimo. ¿Por qué no pide usted una esposa modelo frontera HOY MISMO?

Flaswell sigue el consejo del fiel Gunga-Sam y encarga una esposa, que le envían en una gran caja precintada en la que una etiqueta advierte:

«Manejar con cuidado. Contiene mujer».

Pero lo más interesante es lo que sucede después. Continúa

Todos los gobiernos son malos, pero a un mal gobierno de enemigos prefiero un mal gobierno de amigos

La frase, escrita por Adolfo Bioy Casares en el cuento El Nóumeno ―que se desarrolla durante una huelga de transporte―, recuerda aquella otra atribuida a Cordell Hull, secretario de Estado del presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt: “Puede ser que Somoza sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Se refería Hull al asesino y dictador nicaragüense Anastasio Somoza, quien había resumido su ideología con otra máxima: “Plata para los amigos, palo para los indiferentes, plomo para los enemigos”. Más lacónico y contundente, el narco colombiano Pablo Escobar se presentaba así a sus futuras víctimas: “¿Plata o plomo?”. De Roosevelt, en cambio, hay una cita política, procedente de un discurso de investidura, que se enfrenta a este cinismo gansteril: “La prueba de nuestro progreso no es si añadimos más a la abundancia de aquellos que tienen mucho; es si proporcionamos suficiente a aquellos que tienen demasiado poco”.

“Es cierto que las mujeres acogen cualquier homenaje con naturalidad”

Pero me estoy desviando de mi camino: Bioy Casares. El escritor argentino (1914-1999) no pensaba que la voluntad de los seres humanos, políticos incluidos, fuese en último término la causa de nuestras desgracias. “El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez”, decía en una frase ya citada aquí del Breve diccionario del argentino exquisito. Como ejemplo de ello, en Planes para una fuga al Carmelo se congratulaba: “Menos mal que en la policía no han descubierto que la sirena previene al fugitivo”. Con otra perspectiva, menos optimista, nos alertaba en El cuarto sin ventanas:

La policía de aquí es famosa por el temor que infunde y, usted sabe, cuando alguien alcanza la fama, procura mantenerla.

Foto del escritor argentino Adolfo Bioy Casares (1914-1999), autor de ‘Historias desaforadas’.
Adolfo Bioy Casares | ⇒Un clic para ampliar

Claro que “en la desventura nos queda el consuelo de hablar de tiempos mejores” (El viaje inesperado). O, mejor aún: “En momentos de angustia y desconcierto siempre buscamos refugio en el pecho de una mujer” (El camino de Indias). Y aunque “es cierto que las mujeres acogen naturalmente cualquier homenaje” (La invención de Morel), eso también les pasa a los hombres, en especial si el elogio viene de ellas, como enseguida se averigua en Trío, cuando el protagonista logra encontrarse por segunda vez con Johanna Glück, la joven de la que se había enamorado a primera vista.

Me contó que la noche que nos cruzamos en la calle Montevideo soñó que yo la robaba en un automóvil Packard. Me sentí halagado, sobre todo por mi papel en el sueño, pero también por el automóvil. La vanidad es bastante grosera.

No voy a destripar aquí la trama de esta pasión lunática; saltaré a la obsesión enfermiza de otro narrador de Bioy Casares, el de Máscaras venecianas, que persigue desde Argentina hasta Europa el rastro de Daniela, su antiguo amor: Continúa

Lo de siempre se repite mortal en lo nuevo, que pasa rapidísimo

“Incluso lo más moderno se me vuelve enseguida antigualla y recuerdo bien lejano”, reitera Enrique Vila-Matas (1948) abundando en el título de esta entrada, que el fenómeno barcelonés escribe, supongo que por primera vez(1), en Bartleby y compañía (2001).

Imagen del escritor español Enrique Vila-Matas (1948), autor de ‘Bartleby y compañía’.
Enrique Vila-Matas | ⇒Un clic para ampliar

Como Vila-Matas es de sobra conocido por sus propias y fantásticas obras, voy a centrarme en otra de sus facetas literarias: su maestría en la pesca de frases ajenas. Y por si alguien cree percibir en mí algún rastro de irónica inquina, aclaro que no lo veo como un competidor: él no tiene un blog de citas. Quizá pueda transmitir cierta envidia por no haber sido yo el descubridor de esa joya, porque me haya hurtado para siempre el gozoso momento en que se atrapa por primera vez una cita esquiva, que, camuflada entre miles de palabras, había burlado antes a tantos cazadores. Pero en realidad lo que siento es gratitud por su magnífica labor en este campo (en este mar) tan trillado como plagado de plagios ―hay una pandemia de citas plagiadas(2)―, y para demostrarlo voy a esquilmar sus capturas, siguiendo sus enseñanzas:

No importa dónde las descubra. Las citas literarias, si las intuyo útiles, me las quedo de inmediato. “Tomo lo que sirve, allí donde lo encuentro” (Jacques Lacan). “Soy fenicio, me aprovecho de todo” (Salvador Dalí). Las citas las archivo en mi documento Word Manual del futuro. Pero algunas las utilizo al instante, las inserto en lo que estoy escribiendo: hago que me funcionen como sintaxis, es una forma como otra cualquiera de narrar. Las restantes citas se quedan en el archivo meses, a veces años, y su destino acaba pareciéndose al de aquellos admirados escritores a los que no encontramos nunca el contexto adecuado para rescatarlos.

Al reproducir sus textos, sabiamente elegidos, Vila-Matas logra despertar nuestro interés por ignotos autores y nuestro urgente deseo de conocerlos. Ansiosos nos preguntamos quién será ese tal Clément Cadou, que dejó para la posteridad algo tan admirable como este epitafio (murió joven):

Intenté sin éxito ser más muebles, pero ni eso me fue concedido. Así que he sido toda mi vida un solo mueble, lo cual, después de todo, no es poco si pensamos que lo demás es silencio.

O ese otro de nombre francés, Marcel Maniere, que comienza así su única obra, Infierno perfumado:

Como no sé cómo empezar, diré que me llamo Marcel Maniere y que pertenezco al OuLiPo y que ahora siento un profundo alivio al ver que ya puedo pasar a la segunda frase, que siempre es menos comprometedora que la primera, que es siempre la más importante de cualquier libro, pues en la primera, como es sabido, el máximo esmero siempre es poco.

Lo cual, precisa oportunamente el autor de Impostura y de las memorias falsas del escritor Juan Lancastre Aire de Dylan, es una “impostura triple”, porque “ni es cierto que no sepa cómo empezar ni lo es tampoco que pertenezca al grupo literario al que dice pertenecer, y, además, no se llama Marcel Maniere”. Continúa

¿Qué suerte le esperaba? ¿Qué absurda o trágica aventura le había acontecido? ¿Qué cara debía poner?

Se apunta aquí a una cuestión trascendental. Y no me refiero, aun siendo importante, a qué cara poner en circunstancias insólitas y desconocidas, como le sucede al joven Denis de Beaulieu, el personaje del escritor escocés Robert Louis Stevenson que dice esta frase en el cuento La puerta del señor de Malétroit. Tampoco a la cara que debemos poner en las fotos. Me refiero a qué cara poner en la vida. Claro que, pensándolo bien, hoy viene a ser lo mismo, porque la cara de las fotos, del perfil del Whatsapp o del Twitter, será la que nos identifique ante los demás, incluso ante los que nos ven en persona con frecuencia. De modo que la cara que ponemos en las fotos, en las fotos que compartimos o en las que estamos etiquetados, se convierte en una cuestión decisiva para nuestra existencia.

Si será importante esa cara de nuestro perfil que, además de afectar a la percepción que los demás ―incluso los más cercanos― tendrán de nosotros, también afectará a nuestra manera de ser, que tenderá a adaptarse a la imagen que transmitimos. Esto lo aprendí de Miguelito, que a los seis años ya tuvo esta charla con Felipito en una tira de Mafalda 9.

Hola, Felipe. Venía pensando… ¿Qué actitud convendrá adoptar ante la gente? ¿La de seguro de uno mismo, para que todos te respeten? [Quino dibuja a Miguelito con cara de estar seguro de sí mismo] ¿La de indiferente, para pasar inadvertido y que nadie te moleste? [pone cara de indiferencia] ¿La de desprotegido, para que todos te ayuden? [cara de desprotegido] De la que uno elija depende cómo le irá en la vida, así que es muy importante decidir desde ya, y no equivocarse.

“Sabía disimular no solo su rostro, sino su voz y casi sus pensamientos”

Pero no es cosa de poner en el Whatsapp nuestro auténtico rostro, ese que identifica nuestro espíritu, porque entonces estaríamos dándoles pistas muy peligrosas a nuestros adversarios. Otro niño, citado por Edgar Allan Poe en La carta robada, lo pone de relieve cuando explica su método para ganar siempre al juego de par e impar:

Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara.

El niño de Poe describe una singular habilidad que distinguía a otro personaje de Stevenson, el coronel Geraldine, confidente y caballerizo mayor del príncipe Florizel de Bohemia, del que se cuenta en la Historia del joven de los pasteles de crema:

Portada de ‘Cuentos completos’, de Robert Louis Stevenson, en Mondadori.

La larga práctica, unida a un considerable conocimiento de la vida, le habían dotado de una habilidad singular para el disfraz: sabía disimular no solo su rostro y porte, sino también su voz y casi sus pensamientos, para adaptarlos a los de cualquier rango, carácter o nacionalidad.

Aunque, todo hay que decirlo, el príncipe Florizel no se dejaba engañar fácilmente por las apariencias, como se aprecia en estos dos ejemplos: Continúa

Duke miró a Nick y supo lo que quería ser

La cita es de El asesinato en 10 sencillas lecciones (Murder in ten easy lessons), del estadounidense Fredric Brown (1906-1972). Quizá Borges leyó a Brown y supo que escribiría El muerto, uno de los relatos de El Aleph (1949), donde se refiere la historia de Benjamín Otálora desde que, a los 19 años, lo acoge una banda uruguaya de delincuentes y gradualmente trata de suplantar al cabecilla, Azevedo Bandeira. En el cuento de Fredric Brown, publicado por primera vez en 1945 como Ten Tickets to Hades en la revista Ten Detective Aces (10 historias, 10 centavos), Duke Apestoso Evans ingresa a los 15 años en una banda yanqui capitaneada por Nick Chester, a quien también intenta suplantar gradualmente. Ambos, Benjamín y Duke, corren suertes parecidas, aunque Bandeira resulta ser harto más refinado y paciente que Chester. Por cierto, el maestro argentino dice que el capítulo XXIX de la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano “narra un destino parecido al de Otálora, pero harto más grandioso y más increíble”.

Foto del escritor estadounidense Fredric Brown (1906-1972), autor de ‘Pesadillas y Geezenstacks’.
Fredric Brown

Pesadillas y Geezenstacks recopila 47 cuentos de Brown aparecidos entre 1941 y 1961 en los que predominan la ciencia ficción, el terror y el humor. El asesinato en 10 sencillas lecciones, aunque no llega a las 3.000 palabras en español, está entre los cinco más largos. Se pueden imaginar el festín que supone este libro para los aficionados a los relatos breves si les digo que aquí hay varias obras maestras, unas cuantas ficciones extraordinarias y muchas magníficas. También, unas pocas regulares o ininteligibles que solo pueden deberse, a mi fanático juicio, a erróneas y apresuradas traducciones.

Portada de ‘Universo de locos’, de Fredric Brown, en Edhasa Nebulae.

Brown escribió una treintena de novelas, la mayoría de intriga y policiales, y solo cinco de ciencia ficción (la prodigiosa Universo de locos entre ellas). Paradójicamente, como es lógico en un autor de su estilo, reconocía que las de ciencia ficción eran sus predilectas ― “son las que menos me duele escribir”― porque

La fantasía científica, dando mayores límites a la imaginación e imponiendo menos reglas y restricciones, se acerca más que ninguna otra clase de novela a poder expresar el verdadero arte del escritor.

Pero su arte se manifestaba sobre todo en las historias breves (firmó unas 150), quizá porque era muy consciente de que

Leer un libro es casi como escuchar al hombre que lo escribió dirigiéndose a ti. En cierto modo es mejor, porque no te obliga a ser amable con él. Puedes cerrarlo y hacerlo callar en el momento en que te apetezca y dedicarle tu tiempo a otro.

Cuanto más corta es la narración, menos tiempo tiene el lector para dejarla

Son palabras de Doc Stoeger, copropietario del periódico Carmel City Clarion, protagonista de una de sus novelas negras más celebradas, La noche a través del espejo (Night of the Jabberwock, 1951). Desde luego, cuanto más corta sea la narración, de menos tiempo dispone el lector para abandonarla. O, según el punto de vista de Poe, “toda obra literaria se impone un límite preciso en lo que concierne a su extensión: el límite de una sola sesión de lectura”, ya que “si la lectura se hace en dos veces, las actividades mundanas interfieren destruyendo al punto toda totalidad”.

Portada de ‘El ratón estelar’, de Fredric Brown, en Bruguera Libro Amigo.

Una explicación menos técnica es la de Elizabeth Brown, su segunda esposa: “Fred odiaba escribir. Pero adoraba haber escrito”. ¿Y qué mejor forma de minimizar el odio y prolongar el placer que con la escritura de microcuentos? En esta idea ahondaba el propio autor al prologar Amo del espacio (1951): “Ninguna de estas historias fue escrita porque yo disfrutara al escribirlas, aunque me haya sentido muy satisfecho después de haberlas escrito”. Y añadía: “¡Ojalá que disfrutes tanto leyéndolas como yo he disfrutado al cobrar los cheques que me han pagado por ellas!”.

En mi opinión, el empeño de Brown en deleitarnos con excelentes microrrelatos se debe a la inclinación natural de su genio literario, pues durante mucho tiempo las revistas populares donde colocaba sus obras le pagaron a tanto la palabra, y no es que nadase en la abundancia. O quizá temía ganar lo suficente como para tener que plantearse una dedicación exclusiva a la escritura. Robert Bloch recordaba que, pese a sus éxitos iniciales, Brown tardó mucho tiempo en dejar su empleo de corrector de pruebas. “Como verdadero hijo de la Depresión, apreciaba el valor de la seguridad y la experiencia, y Fred no quiso renunciar a unos ingresos seguros por la inseguridad de la carrera de escritor independiente”.

Ahora bien, siendo como era un maestro del relato breve y muy breve, ¿se puede considerar a Fredric Brown como el autor de una de las historias más cortas de las que se tiene noticia? Por ahí (es decir, por Internet), circula una de la que me gustaría hablar largamente. Pero antes de que se me olvide, y ya que en Internet estamos, voy a arriesgarme a hacer ―atención― una lista con

♦ Los diez mejores cuentos cortos de Fredric Brown (¡de menos de 5.000 palabras!)

Continúa

Recibía de todas las bocas la miserable y humillante tortura del elogio inmerecido

No obstante, lo habitual es lo contrario, como hace bien poco lamentaba Miguelito. Pasas por el mundo esperando, qué sé yo, una palmadita en la espalda, una felicitación efusiva por cualquiera de las cosas que hayas hecho divinamente, una estatua resultona, un obelisco colosal, y nada de nada, tienes que fiarlo todo a una posteridad que si acaso ni siquiera mencionará tus hazañas en las webs de historia. El propio Nathaniel Hawthorne, que escribió la frase anterior en el relato El entierro de Roger Malvin (1832), desarrolla la idea con bastante mala leche en La ambición del forastero (1835), donde se dice:

Imagen del escritor estadounidense Nathaniel Hawthorne (1804-1864), fotografiado por Mathew Brady alrededor de 1860.
Nathaniel Hawthorne | ⇒Un clic para ampliar

Es consustancial a la naturaleza humana ambicionar un monumento, ya sea de pizarra, o de mármol, o un pilar de granito, o solo un recuerdo glorioso en el corazón de las gentes.

Cada uno hace lo que puede para conseguirlo. Sigmund Freud, en una carta de 1886 dirigida a Martha Bernays, asegura:

A menudo me parecía que había heredado todo el arrojo y toda la pasión con que nuestros antepasados defendieron su Templo, y que estaría dispuesto a sacrificar con gusto mi vida a cambio de un gran momento en la historia.

Otros suben vídeos y fotos a las redes, o participan en realities, o escriben blogs, o, como Carlos Langa,, publican tuits compulsivamente. Cualquier cosa por ese obelisco tan merecido. Y, claro, se acaban perdiendo las buenas maneras. Así lo ve Thomas Hardy en el relato Los tres desconocidos (1883): Continúa

¿Qué les hubiera costado ponerle mi nombre a esta avenida?

A la edad de seis años, Miguelito ya espera el reconocimiento de sus semejantes. Sabe que lo merece, pues, haga lo que haga, lo merecerá en el futuro. En ocasiones, la abrumadora conciencia de su superioridad, rayana en el solipsismo, lo impulsa a desdeñar eso que tanto desea, pues considera que sus congéneres, como seres insignificantes que son, no están capacitados para rendirle pleitesía. Por el contrario, cuando su egolatría flaquea, surge un individuo que reclama ansiosamente la aprobación de sus semejantes. Nos encontramos, pues, ante un personaje contradictorio, a veces obsesionado con la búsqueda de la notoriedad, otras dominado por una confianza absoluta en sí mismo, siempre atormentado por el temor al fracaso. Miguelito, una de las grandes creaciones de la literatura, es, posiblemente, el ser que más me ha influido (junto a Susanita y Felipito).

Imagen de Miguelito, personaje de ‘Mafalda’.
Miguelito | ⇒ Un clic para ampliar

La cita que da pie a esta entrada figura en una tira de Mafalda 10 (1974), obra del genial Quino (Argentina, 1932).

Miguelito está mirando fijamente una placa con el nombre de una calle. Se le acerca Mafalda.
Mafalda: ¿Qué hacés, Miguelito?
Miguelito: Pensaba: ¿Qué les hubiera costado ponerle mi nombre a esta avenida? ¿Qué les hubiera costado venir y decirme: “Vea, Miguelito, como tenemos fe en usted y no dudamos que llegará a ser una figura excepcional, hemos resuelto llamar a esta avenida Avenida Miguelito, para ir ganando tiempo”? Pero no. ¿Ves cómo, de entrada nomás, ya lo desaniman a uno?

Es el ombligo del universo. Si lo avisan de que algo corre peligro, si él mismo predice algo que luego no se cumple, si el suelo cruje cuando lo pisa, nunca se le pasa por la imaginación que el problema sea suyo.

Se halla al borde de un precipicio, a punto de lanzar una piedra. De pronto oye unos gritos angustiados, suponemos que de su madre:
Madre: ¡¡Pe… pero… el precipicio, Miguelito, cuidado, por dios!!
Él mira hacia el abismo, se da la vuelta y pregunta a la madre:
Miguelito: ¿Se rompe?

“Decime, Mafalda, ¿antes de nacer nosotros existía realmente el mundo?”

Sentado en el bordillo de la acera, apoyado en el tronco de un árbol. Piensa.
Miguelito: A que el próximo auto que pasa es azul.
Observa el primer coche que pasa. Sigue pensando:
Miguelito: ¿Cómo puede un auto equivocarse tanto?

Camina por la calle. Por cada pisada que da se oye chuic, de modo que hay una sucesión de chuic, chuic, chuic, chuic… Se sienta junto a Mafalda.
Miguelito: ¡Lástima, un país casi nuevo, y ya cruje!

Imagen de Joaquín Salvador Lavado, Quino, creador de ‘Mafalda’.
Quino | ⇒ Un clic para ampliar

Es más, considera un desperdicio incomprensible la existencia del mundo antes de su llegada.

Miguelito: Decime, Mafalda, ¿antes de nacer nosotros existía realmente el mundo?
Mafalda: ¡Mirá que sos tonto, Miguelito! ¡Claro que existía!
Miguelito: ¿Y para qué?

Todo lo que lo rodea, sean altas torres, unos humildes zapatos o sus entrometidos progenitores, carece de importancia frente a su musculoso ego: no son nada; podría prescindir de ellos, pero ellos no de él. Continúa

Un idioma sin blasfemias no es lenguaje

Por si no queda claro, la cita continúa:

Una palabrota bien plantada, en su sitio, en su tierra, a su tiempo, es insustituible. El reniego asienta y clava el idioma en tierra, contra los cielos. Si los españoles no pudiésemos emplear interjecciones soeces, nos íbamos a ver negros.

Negros, dice Max Aub (1903-1972) para rematar su ataque preventivo a lo políticamente correcto y ñoño (está en la novela de 1945 Campo de sangre). Más lacónico es el avezado capitán de yate Suso Salgado:

El taco es cultura.

Imagen del escritor hispano-mexicano Max Aub (1903-1972).
Max Aub | ⇒Un clic para ampliar

La concisión suele ser también una virtud del autor hispano-mexicano-franco-germano (tuvo las cuatro nacionalidades), que recomendaba “no emplear dos pinceladas donde baste una”. Se refería a la pintura, pero la frase podría aplicarse igualmente a la escritura, un oficio sobre el que Max Aub caviló largamente a juzgar por los condensados apotegmas que empleó para plasmar sus ideas, que por cierto he saqueado de la antología de Javier Quiñones Aforismos en el laberinto (2003). Coincide Aub en el elogio de la brevedad con otros muchos escritores, pero me voy a centrar, como anuncié en una entrada anterior, en Stephen King y en su libro Mientras escribo:

Todos los relatos y novelas, en mayor o menor medida, son plegables. Si no puedes quitar el diez por ciento y conservar lo esencial de la historia y el ambiente, es que no te esfuerzas bastante. El efecto de una poda sensata es inmediato, y a menudo asombroso: un Viagra literario.

“Mata a tus seres queridos; mátalos aunque se te rompa tu corazoncito egocéntrico de plumífero”, conmina King al colega que se resiste a las podas. Quién lo iba a decir de un escritor que ha publicado un volumen, Apocalipsis, de 1.584 páginas, es de suponer que después de cargarse otras prescindibles 176.

Se pueden glosar más paralelismos entre las ideas literarias de dos personajes tan distantes como Aub y King. Por ejemplo, con estas dos máximas del estadounidense y del hispano-mexicano, respectivamente: Continúa

Cuando una persona escribe, siempre hay otra con ganas de infundirle mala conciencia

Imagen del escritor estadounidense Stephen King, autor de ‘Mientras escribo’.
Stephen King

Como, sin ir más lejos, el propio Stephen King, autor de la frase. El libro de la que procede (Mientras escribo, 2000) está plagado de admoniciones del escritor estadounidense destinadas a infundirles mala conciencia a los que escriben. Por ejemplo, a quienes se preocupan por ampliar el léxico o por ser precisos con el lenguaje:

Recuerda que la primera regla del vocabulario es usar la primera palabra que se te haya ocurrido siempre y cuando sea adecuada y dé vida a la frase. Si tienes dudas y te pones a pensar, alguna otra palabra saldrá (eso seguro porque siempre hay otra), pero lo más probable es que sea peor que la primera, o menos ajustada a lo que querías decir.

Otros autores han apuntado críticas similares, pero quizá más específicas. Borges, en El Aleph, ya se mofaba de cierto tipo de correcciones:

Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal…

Fustiga a los que utilizan “expresiones aborrecibles” como «al final del día»

King (1947) fustiga con mayor ahínco a los que utilizan “expresiones aborrecibles” como «en aquel preciso instante» o «al final del día», aunque no explica por qué le parecen aborrecibles. Coincide aquí, como en otros aspectos, con el decálogo de Elmore Leonard, quien afirma que en las novelas nunca hay que usar «de repente» o «de pronto», y lo razona así: Continúa

Había una ligereza en mi andar, un brillo en mis ojos y una perfección en mi peinado que me llevaron a pensar que vivía en un mundo estupendo

La frase está al comienzo del primer capítulo de la primera novela del escritor estadounidense Dennis Lehane, Un trago antes de la guerra (1994). Luego resulta que no, que, como nos sigue contando el protagonista, el detective Patrick Kenzie, no vive en un mundo estupendo, ni mucho menos. Pero bueno, se lo toma muy bien.

Foto del escritor estadounidense Dennis Lehane (1965), autor de ‘Un trago antes de la guerra’.
Dennis Lehane | ⇒Un clic para ampliar

El trago antes de la guerra ―entre bandas callejeras― se lo ventilan, pasada la mitad la novela, Kenzie, su socia, Angie Gennaro, y el policía Devin Amronklin en un bar irlandés para blancos situado en un barrio negro de Boston. Eran las once de la mañana de un domingo, y los parroquianos “ya le estaban dando al whisky barato y a la cerveza fría mientras seguían atentamente un vídeo del partido de Nochevieja entre el Notre Dame y el Colorado”.

Cuando entramos, nos miraron lo suficiente como para comprobar que éramos blancos y volvieron a sus asuntos. Continúa

Si un hombre nació para esclavo, la libertad, siendo contraria a su índole, será para él una tiranía

Foto del escritor portugués Fernando Pessoa (1888-1935), autor de ‘El banquero anarquista’.
Fernando Pessoa | ⇒Un clic para ampliar

El banquero anarquista es un cuento discursivo de Fernando Pessoa (1888-1935) en el que el personaje creado por el poeta portugués, impagable maestro de paradojas, razona que el anarquista que no es banquero ―o rico, en general― no es anarquista verdadero. Estamos, claro, ante una coña marinera ―“sátira dialéctica”, la llamó el autor― que, como suele pasar, ha sido tomada muy en serio desde que Pessoa se convirtió, tras su muerte, en uno de los escritores canónicos de la literatura universal.

El banquero del cuento define al anarquista como una persona que se subleva “contra la injusticia de que nazcamos desiguales socialmente”. Describía así, en 1922, la desigualdad, el gran tema de nuestros tiempos retrógrados: Continúa

Daría la vida porque otro tenga derecho a dar la vida por sus ideas

Siempre contradictorio y seguro de sí mismo, el simple pero brillante escritor Eduardo Torres es, como nos recuerda su esposa, Carmen de Torres, el creador de esta sentencia que parodia con solemne audacia aquella otra tan creíble de Voltaire (“no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”). No es que Eduardo Torres, intransigente como era en materia de opiniones ajenas, le diese gran valor a las ideas, como lo atestiguan estos dos epigramas (de uno de ellos, por cierto, trató de apropiarse su vanidoso hermano):

Imagen del escritor guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003), autor de la biografía novelada de Eduardo Torres ‘Lo demás es silencio’.
Augusto Monterroso | ⇒Un clic para ampliar

La mejor manera de acabar con las ideas ha sido siempre tratar de ponerlas en práctica.

Solo el renombre de quien las emite hace que ciertas ideas valgan algo.

Pero el autor de Imaginación y destino tampoco le otorga mayor importancia a las ideas propias ―si es que alguna vez tuvo alguna―, como se aprecia en los siguientes juicios sobre la literatura: Continúa

A los que no respetan nada, les aterroriza el miedo

“Por eso he basado en él mi organización”, añade Alphonse Gabriel Capone (1899-1947). “Quienes trabajan conmigo no tienen nada que temer. Los que trabajan para mí me son fieles, no tanto por el dinero que ganan sino porque saben lo que podría pasarles si me traicionan”. En cambio, dice el gánster que se coronó Rey del hampa de Chicago tras ordenar la muerte de todos ―todos― sus rivales, “el Gobierno de Estados Unidos blande una estaca muy frágil contra los que violan la ley, limitándose a amenazarles con la cárcel. Los transgresores se parten de risa y contratan buenos abogados. Solo algunos de los que tienen menos dinero palman y van a prisión”.

Foto del gánster estadounidense Al Capone (1899-1947) tomada por el Departamento de Policía de Miami.
Al Capone | ⇒Un clic para ampliar

Por mucho que uno se esfuerce, es difícil no hallar paralelismos entre los juicios del fundador del Sindicato del Crimen de los Estados Unidos y esta Europa y esta España (pre)electoral, en la que los bipartidos nacionales y nacionalistas enarbolan con creciente ardor la estrategia del miedo al estilo de los capos de la Unión frente a la democracia griega. Lo curioso ―aunque quizá ya no nos sorprenda demasiado, tan curados de espantos estamos― es quién lo dice y qué dice. Como, por poner un par de ejemplos tomados así, al azar, cuando habla sobre los banqueros y los políticos; corruptos, por supuesto. Veamos lo que opina de los primeros: Continúa

Su familia, sus amigos y conocidos le dieron tal ovación que hubo un momento en que creyó sinceramente haber efectuado grandes servicios a la patria y que habría sido una gran desgracia para ella que él no hubiese existido

Antosha Chejonté firmó El álbum, un relato con trama y final del que procede este texto, cuando se publicó por primera vez, en 1884, en la revista Oskolki. El ruso Antón Pávlovich Chéjov (1860-1904) contaba entonces 24 años, y aún no se atrevía a poner su nombre en sus ficciones. Dos años después, en una carta a Dmitri V. Grigoróvich, se quejaba de que todas las personas cercanas a él habían menospreciado siempre su actividad de escritor, y le recomendaban que no dejara su profesión, la medicina, por la literatura. “Tengo en Moscú cientos de conocidos, entre ellos dos decenas que escriben, y no puedo recordar ni a uno solo que haya visto en mí a un artista”. “La esperanza está en el futuro”, añadía. “Solo tengo 26 años. Quizás me dé tiempo a hacer algo, aunque el tiempo pasa deprisa”.

Imagen del escritor ruso Antón P. Chéjov (1860-1904).
Antón P. Chéjov | ⇒Un clic para ampliar

No vivió demasiado, pero le dio para escribir más de 600 cuentos, además de obras de teatro, ensayos, novelas ―cortas― e infinidad de cartas. De la revisión de esta ingente correspondencia (se han publicado unas tres mil quinientas misivas en la edición rusa de sus obras completas), un profesor de literatura veneciano, Piero Brunello, extrajo Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores. He aquí algunos: Continúa

Nunca debe darse por satisfecho con lo que ha escrito hasta que lo haya reescrito una y otra vez, haciéndolo tan bien como le sea posible

¿Cómo dice? ¿Se refiere a que eso es lo que debería hacer antes de darle al botón de enviar un whatsapp, o un tuit, o un correo? ¿Pero cómo se atreve?

No, claro que no, cómo iba nadie a pensar tal cosa hoy. El que juntó palabras una y otra vez hasta formular esa sentencia fue un señor del siglo pasado (Cardiff, 1916-Oxford, 1990), y se dirige a escritores en ciernes, no a gente que escribe. Yo creo que lo que pretende en realidad es desanimarlos, porque, además de tener que ser perfeccionistas, les asegura que deben mostrar una resistencia poco común.

Dicho de otro modo, debe ser capaz de seguir con lo que hace sin darse jamás por vencido, hora tras hora, día tras día, semana tras semana y mes tras mes.

Por no decir que Continúa

Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido

Lo piensa Mary Maloney después de que su esposo, aun sabiendo que era “un mal momento” para decírselo, le haya comunicado una noticia que, según pensaba, la iba “a trastornar un poco”. El primer impulso de Maloney “fue no creer una palabra de lo que le había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo”.

Es del inquietante cuento Cordero asado, uno de mis más favoritos de Relatos de lo inesperado (1979), libro formado por dieciséis historias que contienen casi todo lo que me gusta en un relato: humor negro, misterio y un final deslumbrante; es decir, un argumento. Sin olvidar, claro está, una escritura que consigue que eso parezca natural, libre de artificios.

Por si fuera necesario aportar razones de autoridad para convencer a quienes tienen la suerte de no haber leído todavía a este irrepetible autor ―o de haber olvidado lo leído―, sean niños, jóvenes o adultos, recordaré que uno de sus relatos ha sido llevado a la pantalla por Hitchcock y Tarantino. Aquí nos limitaremos a reproducir frases de otros tres que nos fascinan, todos ellos relacionados con la memoria o protagonizados por ella. La primera es de Galloping Foxley:

Personalmente, desconfío de los hombres elegantes. Los placeres superficiales de esta vida les llegan demasiado fácilmente y parecen los únicos responsables de su propia belleza. No me importa que una mujer sea guapa, eso es diferente, pero un hombre: lo siento, me parece ofensivo.

La segunda, de La subida al cielo:

—¿Y qué tienen de malo las peinetas, si puede saberse? —inquirió él, furioso al ver que, por una vez, su esposa había perdido los estribos.

Y la tercera, de La patrona:

No hay mayor tormento que esa sensación de un recuerdo que nos roza la memoria sin penetrar en ella.

Pues nada más, aunque creo que se me olvida algo… Da igual, de ser así, no será nada importante; si no, me acordaría.