El escritor y cineasta francés Jean Cocteau escribe, dirige y protagoniza 'El testamento de Orfeo o no me pregunten por qué' (1960).

Todo lo que se demuestra es vulgar

Apunté esta frase en un viejo cuaderno que no visitaba desde entonces, y me volvió a encandilar, así que, aprovechando el calor del verano, me fui a la fuente y volví a ver El testamento de Orfeo o no me pregunten por qué (1960). La película está filmada en blanco y negro ―el que avisa no es traidor―, aunque incluye un leve toque de color ―nada, levísimo―. Se estrenó tres años antes de la muerte de su creador (director, guionista, protagonista, dibujante de los títulos de crédito), el polifacético Jean Cocteau (1889), un francés enjuto que además de cineasta fue poeta, pintor, actor, dramaturgo, músico, novelista, ensayista, crítico, diseñador… Mientras disfrutaba con el vídeo, entre alucinación y alucinación me he parado a tomar nota de algunas otras frases y diálogos antológicos.

Jean Cocteau dibujó con colores el cartel de su película en blanco y negro 'El testamento de Orfeo' (1959).
Cartel de la película, dibujado por Cocteau | ⇒Un clic para ampliar

El testamento de Orfeo es una película delirante, o tal vez surrealista, en la que Cocteau interpreta a un poeta septuagenario que viaja por el tiempo, donde se ha extraviado, en busca del invento de un científico con el que espera “volver a casa”. Pese a sus buenas intenciones, el científico, mediante un disparo con una bala que vuela más rápida que la velocidad de la luz, lo envía a una extraña zona de penumbra espaciotemporal que no es la que el poeta buscaba, ni mucho menos. Allí se encuentra con un joven que surge de las aguas, que resulta ser un personaje de una de sus películas (Orfeo) y de un poema (El ángel Heurtebise), al que apoda Cégestes, quien lo conduce ante una comisión investigadora de un tribunal formada por un hombre y una mujer. La comisión lo somete a un juicio preventivo, acusándolo, entre otras felonías, “de inocencia, es decir, de atentar contra la justicia siendo capaz y culpable de todos los delitos y no de uno solo”, y de “querer penetrar de forma continuada en un mundo que no es el suyo”. Los jueces interrogan tanto a Cocteau como a Cégestes.

El tribunal lo acusa de “querer penetrar en un mundo que no es el suyo”

Juez mujer (a Cégestes): ¿Puede hacerme una demostración de sus poderes?
Juez varón: Y no crea que le bastará con desaparecer para convencernos.
Cocteau: Sin embargo, desaparecer no es fácil.
Juez varón: No lo es menos el fenómeno que obliga a los hombres que aman a anularse frente al objeto de su amor.
Juez mujer: Se está excediendo.
Juez varón: Perdón. Yo también me distraigo.
Juez mujer: Le aconsejo que no bromee tontamente y sin objeto con cosas que puedan instruir al hombre sobre la vanidad de sus empresas.
Juez varón: No tema por eso, de momento. (A Cégestes) Se le ha pedido que haga una demostración de sus poderes.
Cégestes: Comparto la opinión de este hombre cuando asegura que todo lo que se demuestra es vulgar.

Durante el interrogatorio, los jueces hacen aparecer como testigo al científico, que estaba durmiendo en la cama, en su época:

Juez mujer: ¿Qué podría decirme si tuviera que defender a este hombre?
Científico: Que es un poeta, es decir, que es imprescindible, aunque no sepa a ciencia cierta para qué.

“Es un poeta, luego es imprescindible, aunque no sepa para qué”

Finalmente condenan al poeta, “de manera preventiva, a la pena de vivir”. “Es la mínima”, le dice el juez, “sobre todo a su edad”. Cocteau se marcha con Cégestes. Viajan en un velero con Isolda y caminan por variopintos parajes, cruzándose con “una dama que se equivocó de época”, con una pareja de intelectuales que toman notas mientras se abrazan, con un ídolo que come autógrafos y hasta con el doble de Cocteau, que pasa de largo.

Cocteau (a Cégestes): No pretendas decirme que no lo has visto.
Cégestes: Lo he visto como lo veo a usted.
Cocteau: Ha fingido no verme.
Cégestes: Porque usted ha proclamado a gritos que, si volvía a verlo, no querría ni estrecharle la mano.
Cocteau: Me odia.
Cégestes: No hay razón para que lo ame. Ha sufrido burlas e insultos que iban dirigidos a usted.
Cocteau: Lo mataré.
Cégestes: No se lo aconsejo. Puede que usted sea inmortal, pero si lo mata no encontrará a nadie tan tonto como para dejarse matar en su lugar.
Cocteau: ¿De dónde venía? ¿Adónde iba?
Cégestes: Otra vez con las preguntas. Es probable que vaya al lugar de donde usted viene y que usted venga de donde él se ha ido. Usted siempre está esforzándose por ser, y eso le impide vivir.

Fotograma de 'El testamento de Orfeo'
Fotograma de ‘El testamento de Orfeo’ | ⇒Un clic para ampliar

Cégestes se despide mientras se desmaterializa, y el poeta reemprende la marcha hasta que llega a un edificio en ruinas donde se encuentra a un trajeado Yul Brynner (coproductor del film), quien le asegura varias veces que el ministro, el presidente o su majestad lo recibirán en unos minutos. “A fuerza de esperar, uno se transforma en vestíbulo”, reflexiona Cocteau. Brynner también acaba desapareciendo, y Cocteau se interna hasta una estancia en la que hay una guerrera con lanza y escudo flanqueada por dos antropoides con cabeza y cola de caballo. El poeta se acerca a ella, se miran mutuamente, y él se da la vuelta para alejarse. Cuando está a unos pocos metros, la guerrera le arroja la lanza, que le atraviesa la espalda y lo mata. Siguen imágenes de gente afligida (Picasso entre ellos) contemplando el cadáver, que los caballos han colocado sobre un catafalco, mientras la voz en off de Cocteau dice:

Fingid que lloráis, amigos míos, porque los poetas solo fingimos estar muertos

En efecto, el poeta resucita y prosigue su caminata, en la que se cruza, sin percatarse, con Edipo, ya ciego, acompañado por su hija Antígona.

La Esfinge, Edipo, aquellos a los que tanto hemos querido conocer: es posible que algún día los encontremos sin verlos.

Cocteau llega a una carretera, donde lo adelantan unos policías en moto, que se detienen. Uno de ellos se apea del vehículo.

Policía (al poeta): Documentación.
Cocteau: ¿Por qué?
Policía: No tengo por qué darle explicaciones. Un hombre a pie siempre es sospechoso.

Fotograma de 'El testamento de Orfeo'. Dos policías en moto se acercan a Cocteau.
Cocteau, de espaldas, ve llegar a dos policías en moto.

Mientras el policía se acerca a su compañero para examinar el carné que le ha dado Cocteau, Cégestes se materializa sin que lo vean los agentes. “¡Venga, venga, sígame! Después de todo, la Tierra no es su patria”. Cégestes y Cocteau desaparecen. Los policías, que están de espaldas a ellos, reconocen a la persona del documento, y uno dice: “Habrá que pedirle un autógrafo”. Pero, cuando se vuelven, el poeta ya no está.

Esta es, lógicamente, una sinopsis, y en su afán de brevedad no menciona elementos clave de la historia, como la flor protagonista, un hibisco. Cocteau dijo que el film toma prestada de los sueños su “rigurosa falta de lógica”.

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