‘Los cinco herederos’

(Relato nº 55 de 50 asesinatos breves y un prólogo).

 

Él era el mismo. Era él mismo. Pero los demás eran todos distintos. Aquella soleada mañana de julio, hacía ya quince años, en que descubrió que el mayor de sus cinco hijos había mudado de peinado y estrenado camisa y pantalones, radicalmente diferentes de los que había usado hasta ese momento, comenzó a actuar la conspiración. Lo notó en cuanto el veleta negó con obstinación la novedad de su apariencia.

Con una premiosidad obviamente deliberada, uno tras otro, los cinco hijos adoptaron una nueva personalidad, muy distinta de la que tenían antes. Pero ninguno admitía, con la connivencia de los demás, que hubiera cambiado. Pensó que lo mejor era mostrarse cauteloso, y simuló aceptar de buen grado las nuevas personalidades de sus herederos. Aislado como estaba en la casona debido a su invalidez, no podía recurrir a nadie que no fueran ellos.

Los cinco hijos adoptaron una nueva personalidad, muy distinta de la que tenían antes. Pero ninguno lo admitía

En una ocasión, seis meses después del comienzo del contubernio, se acercó por allí un amigo común, un campesino que vivía a cinco kilómetros. No mostró sorpresa por la actitud de los jóvenes, aunque él, con astucia, tampoco indagó abiertamente nada al respecto. Eso no le hizo dudar de su cordura; al contrario, le confirmó que se había fraguado una conjura contra él orquestada por sus hijos, que se habían buscado cómplices. Conocía el motivo: deseaban que se volviera loco para internarlo en un psiquiátrico y heredarlo en vida.

Pasaron los años, y otros vecinos visitaron la casona y al anciano patriarca; también confabulados, según descubrió.

Entre tanto, siguiendo un plan premeditado en todos los detalles, los hijos aparentaron que él era otra persona, con otros gustos, otras aficiones, otra forma de ser. Un día le ofrecían con supuesta amabilidad una bebida que siempre le había repugnado. Otro le comentaban con cínica complicidad acontecimientos que nunca le habían interesado. Su poderoso instinto le decía que no debía discutir, y así lo hacía. Si pretendían que la misma mudanza que se había producido en ellos debería haberle afectado a él, no estaba dispuesto a rechazarlo.

En un arranque de genialidad, adoptó camaleónicamente la personalidad que le habían asignado. Llegó a divertirse haciendo suyos esos rasgos, tan distintos a los que siempre le habían caracterizado. Gracias a aquella farsa empezó, en su vejez, una nueva y fascinante vida. Revivió. Y lo mejor de todo era que sus hijos se daban cuenta, y él se daba cuenta, divertido, de cómo crecía su malhumor.

Conocía el motivo: deseaban que se volviera loco para internarlo en un psiquiátrico y heredarlo en vida

En una nueva fase de la conjura, unos diez años después de su inicio, lo acusaron de sospechar cosas raras de ellos. Bueno, en realidad todo lo que decían que él pensaba era cierto, pero no podía reconocerlo, porque entonces tendrían motivos para recluirlo.

Con el paso del tiempo, sus acusaciones se multiplicaron, cualquier pretexto les valía. Seguramente pensaron que, igual que había terminado por aceptar sus nuevas personalidades y asumido el papel que habían urdido para él, acabaría admitiendo la paranoia. Pero resistió estoicamente. Su fortaleza mental no había mermado con los años. Antes al contrario, las pruebas a las que le sometían sus descendientes la habían acrecentado.

El día de su nonagésimo noveno cumpleaños sus herederos lo llevaron a dar un paseo por el campo, como siempre, decían, habían hecho en sus aniversarios. En realidad nunca había sido así, pero él no lo refutó, fiel a su táctica e incluso halagado por la repentina amabilidad de sus vástagos. Los cinco se turnaban para empujar la silla de ruedas, mientras él se divertía pensando en que, pese a su edad, era más listo que todos ellos juntos. Tan distraído estaba con sus pensamientos que no se percató de que lo habían acercado al borde de un precipicio, desde el que lo despeñaron, al unísono, entre los cinco.


Otros relatos:
01. Los visitantes
05. El oráculo
22. El interruptor

Email this to someoneShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedInPrint this page

Puedes opinar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Frases resaltadas