En un momento de lucidez, lo comprendió todo: comprendió que estaba loco

Imagen del escritor y neurólogo británico Oliver Sacks (montaje a partir de una foto de Luigi Novi).
Oliver Sacks | ⇒Un clic para ampliar

La memoria, la identidad y la demencia son tres ingredientes con los que se pueden cocinar historias terroríficas, como demostró Fredric Brown con el magistral microrrelato Pesadilla gris, recopilado en el inolvidable Pesadillas y geezenstacks (precisamente porque conozco el final, se me ponen los pelos de punta con solo releer el comienzo: “Se despertó sintiéndose maravillosamente bien, bajo el cálido y brillante sol de primavera”). Pero si les quitamos la confortable certeza de la ficción, el horror se vuelve insoportable. Y ahí es donde surge el genio del neurólogo británico Oliver Wolf Sacks (1933-2015). El título de esta entrada lo he extraído de una entrevista que le hizo Enric González para El País Semanal a finales de 2000. A la pregunta “¿Qué es la locura?”, Sacks respondía:

Permítame que le cuente algo que ocurrió hace ya algún tiempo en el Beth Abraham Hospital del Bronx, donde trabajo. Un exdirector del centro ingresó como paciente tres años después de jubilarse, con síntomas de demencia senil. Un día se puso la bata blanca, entró en su antigua oficina y empezó a repasar expedientes. Al cerrar uno de ellos, leyó su nombre. Le encontramos gritando, presa de convulsiones, horrorizado. En un momento de lucidez, lo comprendió todo: comprendió que estaba loco.

Oliver Sacks desarrolla este tenebroso asunto en El marinero perdido, uno de los casos clínicos que refiere en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985), y que encabeza con una cita de las memorias de Luis Buñuel que, en aras de la originalidad que caracteriza este blog, voy a cambiar por otra del mismo libro (Mi último suspiro). Reconozco que no es difícil: todo el capítulo del que proceden ambas, titulado Memoria, es “deslumbrante”, por usar un adjetivo que me permite poner en negrita el nombre de quien, si mal no recuerdo, así lo calificó en su día, Gabriel García Márquez. El cineasta aragonés rememora a los 82 años, uno antes de su muerte, a su madre, quien, “durante los diez últimos años de su vida, fue perdiendo poco a poco la memoria”, y confiesa que a él le comenzó a pasar lo mismo hacia los setenta años, aunque aún no había llegado a la tercera fase, la temible “amnesia retrógrada, que puede borrar toda una vida”, como le sucedió a ella.

“Es atroz tener que recurrir a una metáfora para decir «una mesa»”

Siento viva inquietud y hasta angustia cuando no consigo recordar un hecho reciente que he vivido o el nombre de una persona conocida en los últimos meses, o incluso de un objeto. De pronto, toda mi personalidad se desmorona, se desarticula. Soy incapaz de pensar en otra cosa, por más que todos mis esfuerzos y rabietas sean inútiles. ¿Será esto el comienzo de la desaparición total? Es atroz tener que recurrir a una metáfora para decir «una mesa». Y la angustia más horrenda ha de ser la de estar vivo y no reconocerte a ti mismo, haber olvidado quién eres.

El marinero perdido trata del “encantador, inteligente y desmemoriado Jimmie G.”, que ingresó en 1975, a los 49 años, en la residencia de ancianos neoyorquina para la que trabajaba Sacks. El neurólogo descubre que Jimmie recuerda con detalle su vida, pero solo hasta cierto punto.

―Y usted, Jimmie, ¿qué edad tiene?
Su actitud era extraña, insegura, vaciló un instante. Parecía estar haciendo cálculos.
―Bueno, creo que diecinueve, doctor. Los próximos que cumpla serán veinte.
Al mirar a aquel hombre de pelo canoso que tenía ante mí, tuve un impulso que nunca me he perdonado… era, o habría sido, el colmo de la crueldad si hubiese habido alguna posibilidad de que Jimmie recordase.
―Mire ―dije, y empujé hacia él un espejo―. Mírese al espejo y dígame lo que ve. ¿Es ese que lo mira desde el espejo un muchacho de diecinueve años?
Palideció de pronto, se aferró a los lados de la silla.
―Dios Santo ―cuchicheó―. Dios mío, ¿qué es lo que pasa? ¿Qué me ha sucedido? ¿Será una pesadilla? ¿Estoy loco? ¿Es una broma?
Parecía frenético, aterrado.

El paciente olvidaba todo lo sucedido en los últimos minutos, de modo que, cada vez que lo visitaba, Sacks le tenía que explicar que era el neurólogo del centro.

“¿Trabajo aquí? ¿Soy un paciente y estoy enfermo y no lo sé, doctor?”

Portada de ‘El hombre que confundió a su mujer con un sombrero’ (1985), del escritor y neurólogo británico Oliver Sacks, en Anagrama.

―¿Neurólogo? Vaya, ¿tengo algún problema nervioso? Y dice usted «aquí»… ¿dónde estamos?, ¿qué es este lugar?
―Precisamente iba a preguntárselo yo. ¿Dónde cree usted que está?
―Veo esas camas y esos pacientes por todas partes. A mí me parece que esto es una especie de hospital. Pero, qué demonios, qué podría estar haciendo yo en un hospital… y con tanta gente mayor, mucho más vieja que yo. Yo me encuentro bien, estoy fuerte como un toro. A lo mejor trabajo aquí… ¿Trabajo aquí? ¿Cuál es mi trabajo?… No, mueve usted la cabeza, veo en sus ojos que no trabajo aquí. Si no trabajo aquí me han metido aquí. ¿Soy un paciente y estoy enfermo y no lo sé, doctor? Es una locura, da miedo… ¿Es una broma en realidad?

En los párrafos anteriores, el terror que nace del recuerdo, el yo y la locura se aborda desde las percepciones subjetivas, porque el individuo (Jimmie, el protagonista de Pesadilla gris, el exdirector del Beth Abraham Hospital) se da cuenta en un momento dado “de esta pérdida interior, trágica y profunda, de sí mismo”. Si no fuese consciente de ello, no sufriría.

Si un hombre ha perdido una pierna o un ojo, sabe que ha perdido una pierna o un ojo; pero si ha perdido el yo, si se ha perdido a sí mismo, no puede saberlo, porque ya no está allí para saberlo.

Claro que, entonces, los que sufren son los otros. Sacks cuenta la historia de “un hombre muy inteligente que fue incapaz durante varias horas de recordar a su mujer y a sus hijos, de recordar que tenía esposa e hijos. Perdió, en realidad, treinta años de su vida… aunque, por fortuna, solo por unas horas”. En este caso

Lo peculiar es que el horror solo lo sienten los demás: el paciente, inconsciente, amnésico a su amnesia, puede seguir con lo que está haciendo, tan tranquilo, y no descubrir hasta después que perdió no solo un día (como es frecuente en los «apagones» alcohólicos normales), sino media vida, y que no se dio cuenta.

Pero ¿y si son los demás los que pierden la memoria sobre la identidad de uno, que sabe que está cuerdo? Como le refiere el maestro del neurorrelato a Enric González:

Uno de mis temores, desde hace tiempo, es que me confundan con un paciente. Si me quitan la bata y la placa con mi nombre, ¿qué diferencia hay entre el médico y el enfermo? Llegado el momento, ¿qué diferencia hay entre la cordura y la locura? ¿Cómo podría probar que no estoy loco? En mí verían tal vez a un hombre nervioso y tartamudo, convencido, el pobre, de que es el doctor Oliver Sacks.

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