Nunca debe darse por satisfecho con lo que ha escrito hasta que lo haya reescrito una y otra vez, haciéndolo tan bien como le sea posible

¿Cómo dice? ¿Se refiere a que eso es lo que debería hacer antes de darle al botón de enviar un whatsapp, o un tuit, o un correo? ¿Pero cómo se atreve?

No, claro que no, cómo iba nadie a pensar tal cosa hoy. El que juntó palabras una y otra vez hasta formular esa sentencia fue un señor del siglo pasado (Cardiff, 1916-Oxford, 1990), y se dirige a escritores en ciernes, no a gente que escribe. Yo creo que lo que pretende en realidad es desanimarlos, porque, además de tener que ser perfeccionistas, les asegura que deben mostrar una resistencia poco común.

Dicho de otro modo, debe ser capaz de seguir con lo que hace sin darse jamás por vencido, hora tras hora, día tras día, semana tras semana y mes tras mes.

Por no decir que

El aspirante a escritor de ficción invariablemente tiene que empezar en otro empleo. Si no lo hace, es casi seguro que pasará hambre.

Sin embargo, en el relato al que pertenecen los párrafos anteriores (Racha de suerte, una de las siete Historias extraordinarias, 1977), el autor no deja de transmitir su pasión por la escritura, ese veneno. Como cuando explica la impresión y la reflexión que le produjo su primer encuentro con un novelista famoso (Cecil Scott Forester):

Foto del del escritor británico Roald Dahl (1916-1990).
Roald Dahl | ⇒Un clic para ampliar

Lo que más asombrado me dejó fue que su aspecto resultara tan corriente. No había nada insólito en su persona. Su rostro, su conversación, sus ojos tras las gafas, incluso su atuendo eran de lo más normales […]. Por primera vez empecé a darme cuenta de que en un escritor que cultive la ficción hay dos vertientes claramente diferenciadas entre sí. En primer lugar está la cara que muestra al público, la de una persona corriente como cualquier otra, una persona que hace cosas corrientes y habla un lenguaje corriente. En segundo lugar está la vertiente secreta que aflora a la superficie solo cuando ha cerrado la puerta de su estudio y se encuentra completamente solo. Es entonces cuando entra en un mundo totalmente distinto, un mundo en el que su imaginación se impone a todo lo demás y él se encuentra viviendo realmente en los lugares sobre los que escribe en aquel momento. Yo mismo, si quieren saberlo, caigo en una especie de trance y todo cuanto me rodea desaparece. Solo veo la punta de mi lápiz moviéndose sobre el papel y muy a menudo pasan dos horas como si fueran un par de segundos.

“Lo más difícil e importante de escribir historias es encontrar el argumento”

Eso sí, para viajar hasta ese extremo se necesita un punto de partida.

La historia crece y se ensancha a medida que la escribes. Las mejores partes se te ocurren ante el escritorio. Pero ni siquiera puedes empezar a escribir esa historia a menos que tengas los principios de un argumento.

Portada de 'Historias extraordinarias' (1977), del escritor británico Roald Dahl, en Anagrama.

Para mí lo más difícil e importante de escribir historias inventadas consiste en encontrar el argumento. Los argumentos buenos y originales son difíciles de encontrar. Nunca sabes cuándo una idea preciosa aparecerá súbitamente en tu cerebro, pero, ¡caramba!, cuando se presenta, la coges con las dos manos y no la sueltas por nada del mundo. El truco consiste en escribirla inmediatamente, de lo contrario se te olvidará.

Argumentos buenos y originales: he ahí el motivo por el que resulta tan difícil olvidar los cuentos del autor de Cordero asado (Relatos de lo inesperado, 1979), el memorable Roald Dahl.

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