Foto de Robert Louis Stevenson con el rey Kalakaua (Honolulu, Hawái, 1889).

¿Qué suerte le esperaba? ¿Qué absurda o trágica aventura le había acontecido? ¿Qué cara debía poner?

Se apunta aquí a una cuestión trascendental. Y no me refiero, aun siendo importante, a qué cara poner en circunstancias insólitas y desconocidas, como le sucede al joven Denis de Beaulieu, el personaje del escritor escocés Robert Louis Stevenson que dice esta frase en el cuento La puerta del señor de Malétroit. Tampoco a la cara que debemos poner en las fotos. Me refiero a qué cara poner en la vida. Claro que, pensándolo bien, hoy viene a ser lo mismo, porque la cara de las fotos, del perfil del Whatsapp o del Twitter, será la que nos identifique ante los demás, incluso ante los que nos ven en persona con frecuencia. De modo que la cara que ponemos en las fotos, en las fotos que compartimos o en las que estamos etiquetados, se convierte en una cuestión decisiva para nuestra existencia.

Si será importante esa cara de nuestro perfil que, además de afectar a la percepción que los demás ―incluso los más cercanos― tendrán de nosotros, también afectará a nuestra manera de ser, que tenderá a adaptarse a la imagen que transmitimos. Esto lo aprendí de Miguelito, que a los seis años ya tuvo esta charla con Felipito en una tira de Mafalda 9.

Hola, Felipe. Venía pensando… ¿Qué actitud convendrá adoptar ante la gente? ¿La de seguro de uno mismo, para que todos te respeten? [Quino dibuja a Miguelito con cara de estar seguro de sí mismo] ¿La de indiferente, para pasar inadvertido y que nadie te moleste? [pone cara de indiferencia] ¿La de desprotegido, para que todos te ayuden? [cara de desprotegido] De la que uno elija depende cómo le irá en la vida, así que es muy importante decidir desde ya, y no equivocarse.

“Sabía disimular no solo su rostro, sino su voz y casi sus pensamientos”

Pero no es cosa de poner en el Whatsapp nuestro auténtico rostro, ese que identifica nuestro espíritu, porque entonces estaríamos dándoles pistas muy peligrosas a nuestros adversarios. Otro niño, citado por Edgar Allan Poe en La carta robada, lo pone de relieve cuando explica su método para ganar siempre al juego de par e impar:

Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la de la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón, coincidentes con la expresión de mi cara.

El niño de Poe describe una singular habilidad que distinguía a otro personaje de Stevenson, el coronel Geraldine, confidente y caballerizo mayor del príncipe Florizel de Bohemia, del que se cuenta en la Historia del joven de los pasteles de crema:

Portada de ‘Cuentos completos’, de Robert Louis Stevenson, en Mondadori.

La larga práctica, unida a un considerable conocimiento de la vida, le habían dotado de una habilidad singular para el disfraz: sabía disimular no solo su rostro y porte, sino también su voz y casi sus pensamientos, para adaptarlos a los de cualquier rango, carácter o nacionalidad.

Aunque, todo hay que decirlo, el príncipe Florizel no se dejaba engañar fácilmente por las apariencias, como se aprecia en estos dos ejemplos:

Tengo la costumbre de fijarme no tanto en la naturaleza de un regalo como en la intención con que se hace.

¿Qué hay en los zapatos del más grande potentado sino un hombre?

Foto del escritor escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894), autor de ‘El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde’.
Robert Louis Stevenson

El autor escocés es consciente de que el calzado y las prendas de vestir son uno de los dos elementos externos que más influjo ejercen sobre la forma de ser de la gente, como le pasa al protagonista de La providencia y la guitarra, que iba “ataviado con la ultrajante intrepidez de una chaqueta de terciopelo”.

Monsieur Léon Berthelini cuidaba mucho su aspecto, y adaptaba diligentemente su conducta al traje que llevara en cada momento. […] Soy de la opinión de que monsieur Berthelini rondaba la cuarentena. Pero, glorificado con aquellas galas, tenía un corazón de niño e iba por la vida como un muchacho en plena interpretación dramática.

“El comisario de policía transportaba su barriga como si fuese algo oficial”

El otro influjo es el de la posición social o del cargo, como deja constancia Stevenson en el mismo relato al hablar del “rubicundo, granujiento y sujeto a una copiosa sudoración cutánea” comisario de policía de Castel-le-Gâchis:

El espíritu del cargo había impregnado a toda su persona. Transportaba su barriga como si fuese algo oficial. Siempre que insultaba a un ciudadano normal y corriente tenía la sensación de estar adulando al gobierno al mismo tiempo.

Pero volvamos a la cuestión esencial, la de las caras. Robert Louis Stevenson (1850-1894) la puso en el eje de una de sus obras maestras, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. En la confesión que cierra la historia, Henry Jekyll reflexiona sobre “esas dos regiones del bien y el mal que dividen y componen la doble naturaleza del hombre” y que son “una de las mayores fuentes de pesar”:

Que tuviera dos caras no quiere decir que fuese un hipócrita, mis dos facetas eran igual de sinceras: no era menos yo cuando me saltaba todas las barreras y me sumía en la vergüenza que cuando trabajaba a pleno día en pro del conocimiento o el alivio del mal y el sufrimiento.

Lo que le lleva a concluir que

Portada de ‘El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde’, de Robert Louis Stevenson, en Alfaguara.

El hombre en realidad no es uno, sino dos. Y digo dos, porque mis conocimientos no van más allá de ese punto. Otros vendrán que irán más lejos, y me atrevo a aventurar que acabará teniéndose al hombre por una mera comunidad de ciudadanos múltiples, independientes y heterogéneos.

(Las citas de Stevenson proceden de la edición de sus Cuentos completos traducida por Miguel Temprano García para Mondadori).

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