Ríete y estarás alegre

El sabio monarca profesaba una teoría que llevaba a la práctica: la de la felicidad universal. Es bien sabido que el hombre no ríe porque esté alegre, sino que está alegre porque ríe. Cuando todos dicen que las cosas van perfectamente bien, el ambiente mejora enseguida. Los súbditos de Monstropito tenían, pues, la obligación de repetir en voz alta ―por su propio bien, naturalmente― que todo les iba a pedir de boca.

Regresé a Ciberíada (1965) para verificar la autoría de una idea peregrina que me había sobrevenido, y buscando al azar entre sus páginas llegó el ensimismamiento y se fue la idea, de modo que decidí empezar por el principio con la esperanza de repescarla.

Foto del escritor polaco Stanislaw Lem (1921- 2006), autor de ‘Ciberíada’.
Stanislaw Lem | ⇒Un clic para ampliar

Stanislaw Lem (1921- 2006) narra en este libro, traducido al castellano por Jadwiga Maurizio, las aventuras de dos robots, Trurl y Clapaucio, “a quienes crear y apagar estrellas no les costaba más que a ti cascar nueces”. Al comienzo, en el relato de la primera expedición titulado La trampa de Garganciano, los sabios robots arriban a un planeta formado por dos estados vecinos, uno dorado y otro rosado, y cada cual se dirige a uno de ellos para ofrecerle sus servicios al monarca correspondiente.

El estado que tocó en suerte a Trurl era gobernado por el rey Monstrogrito; un militarista convencido ―como todos sus antepasados―, y cuya tacañería además tenía una dimensión verdaderamente cósmica. Para aliviar el presupuesto nacional, derogó todas las penas a excepción de la capital. Su pasatiempo era la liquidación de funcionarios superfluos; pero desde que había suprimido el cargo de verdugo, todos los sentenciados tenían que decapitarse solos o, en el caso de favor real excepcional, con la ayuda de los familiares más allegados.

El pasaje que encabeza esta entrada se refiere a Monstropito, rey del estado al que fue Clapaucio.

Portada de ‘Ciberíada’ (1965), del escritor polaco Stanislaw Lem, en Bruguera.

Este monarca también adoraba las marchas guerreras y las batallas, y destinaba mucho dinero para los armamentos, pero lo hacía de manera ilustrada porque era un rey de gran sensibilidad y amante de las artes como nadie. Rendía culto a los uniformes, los cordones dorados, los galones y las borlas, fajines, ujieres con campanitas, acorazados y charreteras. Era muy sensible: cada vez que botaba un nuevo acorazado, temblaba de pies a cabeza. No escatimaba medios a los pintores de batallas, pagándoles, por razones patrióticas, según la cantidad de enemigos caídos; así que en los cuadros ―que abundaban en el reino― se amontonaban hasta el cielo montañas de cadáveres del enemigo.

Y esto es solo el principio del primer cuento. (No, sorprendentemente, la esquiva idea que me llevó a Ciberíada no estaba allí. Voy a hojear las Fábulas de robots del escritor polaco a ver si también me alegra el día ―y por si la encuentro, aunque ya dudo que la reconozca―).

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