Como supusimos, el trato no salió como pensábamos

Intérpretes de la serie 'Stargate Atlantis' (2004-2009).
‘Stargate Atlantis’ (2004-2009)

La capté al vuelo en un capítulo de la serie estadounidense de ciencia ficción Stargate Atlantis (2004-2009), pero no apunté en cuál, ni quién la dice, ni qué guionista la escribió (igual era Stargate SG-1). Lo que sí se me quedó grabada fue la idea de que los vaticinios pueden ser muy complejos.

Analicemos la frase: si el trato no salió como pensábamos es que pensábamos que iba a salir de una manera y salió de otra. Pero si supusimos que el trato no salió como pensábamos es que supusimos que el trato iba a salir de una manera distinta a la que pensábamos, esto es, que pensamos que el trato no iba a salir como pensábamos. Lo cual parece contradictorio, pero no lo es, en absoluto, si, como dice Oscar Wilde, no somos esclavos de nuestras opiniones ―o vaticinios―, de modo que en un momento podemos pensar una cosa, y otra más tarde, y la anterior después, o antes.

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4 comentarios

  1. Estimado A.S. Lorenzo, aprecio tu apreciación, aun a costa de que estos comentarios y réplicas corran el riesgo de alcanzar las alturas abismales de la «Correspondencia», The Gossage-Vardegedian Papers, de Woody Allen. Retomando tu última cogitación sobre la posibilidad de pensar una cosa y la contraria hasta que no abramos la boca, y cómo, a partir de ese momento nos veremos obligados a buscar argumentos para defender lo que hemos dicho, me viene a la memoria el caso de un amigo mío que paso a exponerte, a fin de que me puedas ofrecer alguna explicación del fenómeno en cuestión. Resulta que este amigo del que te hablo, con ocasión de una reunión de vecinos hizo una propuesta y, en cuanto se empezó a debatir ―con buena disposición por parte de la comunidad― él decidió combatirla con denuedo (su propuesta, no a la comunidad, creo), oponiéndose a ella con vehemencia, no sé si con argumentos. De todas formas, esto último es posible, e incluso me parece estar viéndolo no solo rebatiendo su propuesta inicial sino, también, rebatiendo su rechazo a su propuesta inicial, es decir, defendiendo esta, ante el asombro unánime, o no, de los vecinos. No sé si esto tuvo algo que ver en el hecho de que, finalmente, abandonase aquella vivienda y aquella comunidad. Sea como fuere, ¿sería este un caso de pensamiento cuántico o un caso de pensamiento divergente de tipo marxista (brothers) o, simplemente, un caso extravagante? De cualquier modo, tu razonamiento me ha convencido por completo, así que no estoy de acuerdo para nada: a mí, a cuántico no me gana nadie, ¿eh?

    1. —Es demasiado tarde para rectificar —dijo la Reina Roja—: una vez que has dicho una cosa, se queda como está, y te toca cargar con las consecuencias.
      A través del espejo y lo que Alicia encontró allí (Lewis Carroll, 1832-1898)

      Querido Erguti.
      Entiendo que, si te ha convencido mi razonamiento, intentes rebatirlo. Mas debo decirte que no me asusta el acertijo. Ese amigo tuyo era un sofista, y si cambió públicamente de opinión no fue porque hubiera cambiado de opinión en su fuero interno (estoy seguro de que desde el principio tenía para sí ambas opiniones, junto a muchas otras), sino porque entendió que de ese modo obtendría mayor provecho, o porque algún otro asistente lo sobornó o amenazó de muerte, o simplemente para hacer rabiar a sus detestables vecinos. Considero, por tanto, que ese ejemplo no invalida mi argumento. Porque nunca he negado que haya mucha gente que cambie de opinión públicamente, es decir, una vez comunicada otra diferente, faltaría más. Los motivos pueden ser muy diversos. Pero, para que eso ocurra, también tienen que ser muy, pero que muy poderosos, porque la tendencia natural del ser humano es hacer saber a gritos que tiene razón ―lo cual le impide cambiar de opinión―. Y siempre, a no ser que se trate de una personalidad sociópata, son motivos sociales, enraizados en nuestro instinto gremial. No es que lo hayamos pensado mejor aislados en la torre de cristal y, una vez comprendido nuestro error, nos apresuremos a contárselo al mundo, no. Jamás. El contexto, la circunstancia, es lo único que nos impulsará a hacer tal cosa. Si esa enérgica motivación externa no existe, seguiremos defendiendo nuestra opinión aun a sabiendas de que es errónea. Que no es el caso.
      (Antonio Martínez Ron, en este enlace de vozpopuli/next, hace un interesante y riguroso reportaje que, como la Reina Roja, nos da la razón).

  2. Más o menos, sí. Pero no. El problema de la frase radica en el uso verbal. Sería más atinado: “Como supusimos, el trato no salió como habíamos pensado”. De esta forma el pretérito (“supusimos”) va después del antepretérito (“habíamos pensado”), y no existe contradicción alguna pues “habíamos pensado” una cosa y, luego, “supusimos” otra contraria. En cambio, con el copretérito (“pensábamos”) se produce una coincidencia temporal de formas de pensar antitéticas, que se opone a la lógica aristotélica (“una cosa no puede ser ella misma y la contraria, al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto”), si bien tal contradicción no existe respecto al pensamiento oriental. En todo caso, en una serie de ciencia ficción, todo es posible, siempre que tenga una cierta coherencia, y además la extrañeza es parte consustancial al arte. Estoy completamente seguro de lo que he escrito, aunque dudo que sea cierto, o siquiera, que tenga sentido.

    1. Gracias, Ramón, por tu atinada opinión, que me ha hecho reflexionar un poco más sobre tan sugestivo asunto. Yo opino que es connatural al cerebro humano tener opiniones distintas no solo en momentos distintos, sino en el mismo momento. Y no solo distintas, sino hasta contrapuestas, o, si se quiere llegar al extremo ―rayando en la locura―, idénticas. Ya que nos movemos por la ciencia ficción, podríamos llamarlas opiniones cuánticas, del tipo del gato de Schrödinger, el que está vivo y muerto al mismo tiempo, pero solo mientras no se abra la caja donde se encuentra encerrado con ese veneno que tiene una probabilidad del 50% de generarse. En nuestro caso, podemos pensar una cosa y la contraria hasta que no abramos la boca. A partir de ese instante, nos veremos obligados a buscar argumentos para defender lo que hemos dicho, o escrito, no sé si me explico.

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