Citas con la etiqueta Adolfo Bioy Casares

Todos los gobiernos son malos, pero a un mal gobierno de enemigos prefiero un mal gobierno de amigos

La frase, escrita por Adolfo Bioy Casares en el cuento El Nóumeno ―que se desarrolla durante una huelga de transporte―, recuerda aquella otra atribuida a Cordell Hull, secretario de Estado del presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt: “Puede ser que Somoza sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Se refería Hull al asesino y dictador nicaragüense Anastasio Somoza, quien había resumido su ideología con otra máxima: “Plata para los amigos, palo para los indiferentes, plomo para los enemigos”. Más lacónico y contundente, el narco colombiano Pablo Escobar se presentaba así a sus futuras víctimas: “¿Plata o plomo?”. De Roosevelt, en cambio, hay una cita política, procedente de un discurso de investidura, que se enfrenta a este cinismo gansteril: “La prueba de nuestro progreso no es si añadimos más a la abundancia de aquellos que tienen mucho; es si proporcionamos suficiente a aquellos que tienen demasiado poco”.

“Es cierto que las mujeres acogen cualquier homenaje con naturalidad”

Pero me estoy desviando de mi camino: Bioy Casares. El escritor argentino (1914-1999) no pensaba que la voluntad de los seres humanos, políticos incluidos, fuese en último término la causa de nuestras desgracias. “El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez”, decía en una frase ya citada aquí del Breve diccionario del argentino exquisito. Como ejemplo de ello, en Planes para una fuga al Carmelo se congratulaba: “Menos mal que en la policía no han descubierto que la sirena previene al fugitivo”. Con otra perspectiva, menos optimista, nos alertaba en El cuarto sin ventanas:

La policía de aquí es famosa por el temor que infunde y, usted sabe, cuando alguien alcanza la fama, procura mantenerla.

Foto del escritor argentino Adolfo Bioy Casares (1914-1999), autor de ‘Historias desaforadas’.
Adolfo Bioy Casares | ⇒Un clic para ampliar

Claro que “en la desventura nos queda el consuelo de hablar de tiempos mejores” (El viaje inesperado). O, mejor aún: “En momentos de angustia y desconcierto siempre buscamos refugio en el pecho de una mujer” (El camino de Indias). Y aunque “es cierto que las mujeres acogen naturalmente cualquier homenaje” (La invención de Morel), eso también les pasa a los hombres, en especial si el elogio viene de ellas, como enseguida se averigua en Trío, cuando el protagonista logra encontrarse por segunda vez con Johanna Glück, la joven de la que se había enamorado a primera vista.

Me contó que la noche que nos cruzamos en la calle Montevideo soñó que yo la robaba en un automóvil Packard. Me sentí halagado, sobre todo por mi papel en el sueño, pero también por el automóvil. La vanidad es bastante grosera.

No voy a destripar aquí la trama de esta pasión lunática; saltaré a la obsesión enfermiza de otro narrador de Bioy Casares, el de Máscaras venecianas, que persigue desde Argentina hasta Europa el rastro de Daniela, su antiguo amor: Continúa