Citas con la etiqueta Andrea Camilleri

Esos periodistas solo escuchaban una voz, la de su amo. Y con frecuencia no podía decirse que lo hicieran por dinero. Entonces… ¿por qué? Solo cabía una respuesta: porque tenían alma de siervo

Y eso no es lo peor. Parafraseando al plumilla y escritor británico Thomas de Quincey (1785-1859), si un periodista escribe falsedades porque supone que eso es lo que quieren sus amos, poco después pensará que la manipulación de noticias no tiene importancia y, por tanto, no hay que disimularla, y de la manipulación pasa a descuidar el rigor y el contraste de la información, y de aquí pasa a no revisar sus textos y a incurrir en abundantes faltas de ortografía.

Sí, se empieza publicando mentiras y se acaba cometiendo faltas de ortografía. Siguiendo esta infalible regla, basta con ver el nivel, no ya sintáctico o gramatical, sino meramente ortográfico, de los medios españoles para deducir el volumen de la manipulación informativa que se gastan.

Foto del escritor italiano Andrea Camilleri, autor de la serie de novelas del comisario Montalbano.
Andrea Camilleri

El comisario Montalbano, creado por el novelista y guionista italiano Andrea Camilleri (1925), no se refiere a informadores españoles en la cita que encabeza esta entrada, sino a los de su tierra; pero no nos rasguemos las vestiduras y recordemos que otro periodista ya citado aquí, el británico George Orwell (1903-1950) ―que vivió entre 1936 y 1937 en Cataluña―, escribió que en España vio “por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente”.

En concreto, Salvo Montalbano (1950) alude a una calaña de redactores que ejemplifica en el “cara de culo de gallina” Ragonese, una especie de Eduardo Inda pero con más clase. La frase está en Una voz en la noche, publicada en Italia en 2012 y en 2016 en España, con traducción de Carlos Mayor Ortega. (Eso sí, el capítulo equivalente de la serie televisiva protagonizada por Luca Zingaretti, que no está nada mal, se pudo ver aquí antes que el libro, lo que fastidia un poco la lectura). Sin contar las cuatro colecciones de relatos que la preceden, es la vigésimo primera novela de la magnífica serie del policía siciliano, uno de mis predilectos.

¿Por qué me fascinan tanto las novelas de Montalbano? Creo que no hay una razón específica, sino una amalgama de elementos unidos por la clara inteligencia y el estilo transparente de Camilleri. Intentaré acotar algunos de estos factores.

Montalbano ejerce en Vigàta, pueblo imaginario de Sicilia en el que emiten dos televisiones locales: ReteLibera, cuyo telediario está a cargo de su amigo Nicolò Zito, y TeleVigàta, dirigida por el aludido Pippo Ragonese (“el comentarista, el opinador de una sola opinión: estar siempre de parte de quien manda”). El comisario llegó a la conclusión de que muchos redactores tenían alma de siervo después de que Ragonese divulgase por su emisora una información falsa sobre un caso criminal sin molestarse en preguntar cuál era la versión policial. Al oírlo, se preguntó: “¿Por qué recurrirían a esas triquiñuelas los individuos como Ragonese y tantos otros de su misma calaña, más importantes, que escribían en los periódicos nacionales y salían en las televisiones más vistas? Un periodista serio lo habría llamado para conocer su opinión y, después de oír las dos versiones de los hechos, habría sacado sus conclusiones. Sin embargo, los periodistas como Ragonese solo escuchaban una voz, la de su amo”. Más adelante desarrolla la idea por una vertiente aún más descarnada y deprimente en una charla con Zito.

A diferencia de otros policías literarios, Montalbano evoluciona y envejece

Las reflexiones sobre la actualidad impregnan las novelas de Montalbano, que, a diferencia de otros policías literarios, evoluciona y envejece con el paso del tiempo (lo conocemos en La forma del agua con 43 años, y en Una voz en la noche cumple 58).

¡Virgen santa! ¡Apenas le quedaban dos años para ser un sesentón! A partir de aquel momento, no subiría en ningún tipo de transporte público, por miedo a que algún crío, al verlo, se levantara y le cediera el asiento. Luego recapacitó: podía seguir yendo en transporte público tranquilamente, porque lo de ceder el asiento a los ancianos era una costumbre que ya no se estilaba.

Por eso es normal que Camilleri cuele opiniones sobre un asunto, la degradación del periodismo y los medios tradicionales, que se ha puesto de manifiesto en los últimos años. O sobre retrocesos en materia de civismo, como cuando el conductor de un BMW adelanta temerariamente una hilera de vehículos en la que está atascado el de Montalbano.

El comisario formuló el deseo de que se despeñara por un barranco. Y, para ir sobre seguro, deseó también que luego el coche se incendiara. Pero… ¿cómo había acabado así el país? En los últimos años parecía que habían retrocedido varios siglos; quizá, si le quitaba la ropa a aquel individuo, debajo se encontraría la piel de oveja de los hombres primitivos. ¿Por qué tanta intolerancia mutua? ¿A santo de qué ya nadie soportaba al vecino ni al compañero de trabajo, y quizá tampoco al de pupitre?

O sobre los votantes y los partidos que eligen políticos corruptos a sabiendas: Continúa